Cohesión Social
Vivimos en tiempos en los que todos hablamos, opinamos y escribimos. Las redes sociales nos han convertido, de alguna manera, en comentaristas permanentes de la realidad. Tenemos una opinión para todo y, con frecuencia, la expresamos con una rapidez que no deja espacio para pensar. Pero hablar y escribir no consiste únicamente en utilizar correctamente las palabras. También implica saber si aquello que decimos es adecuado para el momento, para la persona y para las circunstancias.
Aquí aparece una diferencia que parece pequeña, pero que revela mucho de nuestra formación: lo correcto y lo adecuado no siempre son lo mismo.
Algo puede ser gramaticalmente correcto y, sin embargo, resultar inoportuno, hiriente, arrogante o simplemente fuera de lugar. Se puede tener razón y expresarla de tal manera que se pierda toda posibilidad de ser escuchado. Porque la inteligencia no solamente está en saber qué decir, sino también en comprender cuándo decirlo, cómo hacerlo y cuándo guardar silencio. Y en esta capacidad existe un factor que estamos dejando de lado: la lectura.
Leer no es únicamente acumular información. Leer nos enseña a nombrar el mundo, a reconocer matices, a comprender distintos puntos de vista y, sobre todo, a ampliar nuestra capacidad para comunicarnos. Quien lee encuentra palabras para expresar lo que siente, argumentos para defender lo que piensa y recursos para comprender aquello con lo que no está de acuerdo.
Por el contrario, cuando dejamos de leer, nuestro lenguaje comienza a empobrecerse. Las ideas se vuelven repetitivas, los argumentos se reducen a frases hechas y las emociones terminan expresándose mediante descalificaciones. No necesariamente porque las personas tengan menos inteligencia, sino porque tienen menos herramientas lingüísticas y culturales para comunicar lo que piensan.
Quizá por eso hoy asistimos a una paradoja: tenemos más medios para comunicarnos que nunca, pero no necesariamente sabemos comunicarnos mejor. Las redes sociales han democratizado la palabra, pero también han normalizado la respuesta inmediata. Se escribe sin revisar, se opina sin conocer y se juzga sin escuchar. Confundimos sinceridad con brutalidad, libertad de expresión con derecho a ofender y tener información con poseer conocimiento.
Leer también nos ayuda a distinguir esas fronteras. Una persona que lee aprende que una misma idea puede expresarse de muchas maneras. Descubre que existen palabras precisas para aquello que antes solo podía explicar con generalidades. Aprende que un argumento puede ser firme sin ser agresivo y que disentir no significa destruir al otro.
Por eso, la discusión sobre la lectura no debería reducirse a cuántos libros terminamos al año. La verdadera pregunta es qué clase de personas estamos formando cuando dejamos de leer. Porque la pobreza del lenguaje termina convirtiéndose, tarde o temprano, en pobreza del pensamiento. Necesitamos recuperar el hábito de leer, pero también el hábito de pensar antes de hablar y escribir. Necesitamos comprender que las palabras tienen consecuencias y que, en una sociedad democrática, aprender a comunicarnos también es una forma de aprender a convivir.
Lo correcto nos permite expresarnos sin errores. Lo adecuado nos permite hacerlo con inteligencia, sensibilidad y responsabilidad. Tal vez ahí esté una de las grandes tareas pendientes de nuestro tiempo: volver a leer para volver a pensar, y volver a pensar para aprender a decir.
“Leer transforma nuestra manera de hablar”.
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