Descomplicado
El pasado domingo 22 de febrero, un operativo militar culminó con la captura de Rubén Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”.
El líder del Cártel Jalisco Nueva Generación murió durante el traslado al hospital, desatando una inmediata ola de violencia que se extendió por varios estados.
El saldo es devastador: aproximadamente 73 muertes y un caos sistémico donde los civiles quedaron atrapados en el fuego cruzado.
Videos de balaceras y autos incendiados inundaron las redes, pero lo más preocupante fue la parálisis social.
Aeropuertos, centrales de autobuses, centros comerciales, etcétera se convirtieron en escenarios de desorden extremo, con ciudadanos corriendo sin saber a dónde dirigirse ante la falta de protocolos claros.
Este evento nos obliga a recordar que los desastres no son solo naturales; existen los riesgos antrópicos (causados por el hombre), específicamente los de origen socio-organizativo como el crimen organizado y los motines.
Ante esta realidad, contar con un Programa Interno de Protección Civil (PIPC) que incluya un Sistema de Comando de Incidentes (SCI) deja de ser un trámite burocrático para convertirse en una herramienta de supervivencia.
El PIPC es un plan de acción diseñado para reducir riesgos específicos en un inmueble, estableciendo roles y tareas ante emergencias.
Al ser una "camisa hecha a la medida", debe considerar no solo sismos, sino la vulnerabilidad social del entorno.
Históricamente, en México hemos normalizado ataques armados en escuelas como algo ajeno, pero los datos muestran que estos incidentes ocurren en nuestro territorio desde el año 2001.
Pese a ello, pocas instituciones de alta concurrencia cuentan con planes que contemplen estas amenazas.
Al final, la salud de nuestra convivencia no se mide por la ausencia de conflictos, sino por la capacidad de nuestras instituciones e inmuebles para estirarse sin romperse ante lo inesperado.
Si un establecimiento puede albergar a las personas ante el estruendo de la violencia y ofrecer un resguardo seguro mediante un protocolo profesional, habremos demostrado que la cultura de la autoprotección es el verdadero escudo de nuestra libertad.
En la gestión de riesgos, como en la vida, el desastre no es el evento, sino nuestra falta de preparación frente a él.
La negligencia de omitir estos riesgos en los planes de protección civil es, en sí misma, una forma de vulnerabilidad construida. No podemos seguir ignorando que el pánico en aeropuertos y centrales de autobuses nace de la ausencia de un Sistema de Comando de Incidentes que asigne liderazgos claros en momentos críticos. Cuando un inmueble no contempla protocolos de resguardo ante situaciones de violencia, la 'camisa a la medida' se rompe.
La seguridad ciudadana hoy exige que el análisis de riesgo deje de ser un ejercicio de escritorio y se convierta en un escudo real contra el caos socio-organizativo que define nuestro presente.




