Las Batallas
El silbatazo final que consolidó el reciente triunfo de la selección mexicana ante Ecuador desató una euforia colectiva que rápidamente inundó las plazas públicas del país y claro, con toda razón, hace cuarenta años que el tricolor no pasaba del cuarto partido. Lo que debió ser una jornada de celebración y orgullo nacional se transformó, en cuestión de horas, en una tragedia marcada por la pérdida de vidas humanas. Aunque el saldo oficial registre cuatro muertes, minimizar la gravedad del desenlace bajo el argumento de que fueron "incidentes aislados" es el primer paso para garantizar la próxima fatalidad. Este amargo escenario obliga a sacudir la narrativa oficial y recordar una máxima fundamental de las ciencias de la protección civil: los desastres no son naturales.
Un evento así jamás es un hecho fortuito ni una fatalidad del destino; es el resultado de una amenaza que encuentra a una población vulnerable debido a la falta de previsión, infraestructura o control. Mientras que un terremoto o un huracán pertenecen al ámbito de la naturaleza, las aglomeraciones masivas entran en la categoría de fenómenos socio-organizativos. Estos son riesgos generados directamente por la actividad humana y el comportamiento de las masas en el espacio público. Por lo tanto, cuando una multitud se desborda y cobra vidas, la responsabilidad no es de la "pasión futbolística", sino de una profunda ausencia de gestión integral de riesgos por parte de las autoridades encargadas de diseñar el orden urbano.
Comprender la gestión de riesgos en eventos socio-organizativos implica transitar de la simple reacción policiaca a una planificación metodológica rigurosa. No se trata de colocar vallas cuando la plaza ya está abarrotada, sino de aplicar tres etapas críticas:
La incapacidad institucional para gestionar estos entornos no es exclusiva de nuestro contexto; la historia global de los mundiales demuestra que omitir los riesgos socio-organizativos tiene consecuencias internacionales trágicas. En el Mundial de Corea del Sur (2002), las masivas e imprevistas concentraciones en Seúl derivaron en estampidas y atropellamientos fatales por la falta de exclusión vehicular. En Francia (1998 y 2018), la euforia en los Campos Elíseos mutó rápidamente en disturbios y arrollamientos debido a la ausencia de un control de aforos eficaz. Incluso en Argentina (2022), la concentración de más de cuatro millones de personas en Buenos Aires colapsó las vías de comunicación, forzando la evacuación aérea de los jugadores tras registrarse caídas mortales desde puentes y semáforos.
Que en México el saldo haya sido de cuatro muertes no es un triunfo del sistema, sino un recordatorio de que la seguridad en el espacio público se está delegando al azar. Mientras los líderes políticos prefieren colgarse de las victorias deportivas en redes sociales para ganar simpatía electoral, las calles quedan desprotegidas ante la simulación y la omisión operativa. Una sociedad que no es capaz de celebrar un triunfo en la cancha sin contar cuerpos en las banquetas refleja una seria descomposición, pero, sobre todo, delata a un Estado que sigue sin entender que la prevención sale mucho más barata que el luto. Al final, los goles se quedan en el registro de las estadísticas, pero las ausencias se quedan para siempre en las familias.