Columna Descomplicado/Jorge Robledo
“Mi alma es una orquesta oculta; no sé qué instrumentos tocan y chirrían dentro de mí.” Fernando Pessoa escribió esta frase en Libro del desasosiego, y quizá pocas imágenes expliquen mejor esa extraña multitud que llevamos dentro. Hay voces que reconocemos, otras que apenas distinguimos y algunas que parecen pertenecer a alguien que pudimos haber sido. Hace unos días, mientras volvía a escuchar Pale Blue Eyes, de Lou Reed, pensé precisamente en eso: en las vidas que alguna vez imaginamos y que, sin embargo, nunca llegaron a ocurrir.
Estamos acostumbrados a pensar que la nostalgia mira hacia atrás. Extrañamos una casa, una ciudad, una persona, una época. Proust convirtió la memoria en una de las grandes arquitecturas de la literatura, un sabor, un olor, una sensación mínima pueden devolvernos súbitamente a un mundo que creíamos perdido. Pero existe una nostalgia más extraña, porque no necesita recuerdos. Es la nostalgia por aquello que nunca sucedió. Por una posibilidad.
Todos llevamos dentro futuros que murieron antes de nacer. La casa en la que no vivimos, el viaje que no hicimos, la persona con quien pensamos que envejeceríamos, el libro que alguna vez estuvimos seguros de escribir, la ciudad que imaginamos como nuestra sin haberla habitado. No son exactamente fracasos, porque nunca llegaron a convertirse en realidad; pero tampoco son completamente ajenos. Alguna vez los contemplamos desde el presente como posibilidades de nuestra vida, y quizá por eso todavía conservan cierta forma de existencia.
Pessoa entendió como pocos esa multiplicidad. Sus heterónimos no son solamente un artificio literario, parecen demostrar que dentro de un hombre pueden vivir muchos hombres. Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Bernardo Soares son distintas maneras de mirar el mismo abismo. Quizá nosotros también seamos una pequeña multitud de posibilidades, el que fuimos, el que somos, el que quisimos ser y aquel que habría aparecido si una sola decisión hubiese sido diferente.
Borges llevó esa intuición hasta los laberintos del tiempo. En El jardín de senderos que se bifurcan, cada elección parece abrir un camino y dejar otros suspendidos en el territorio de lo posible. Nosotros recorremos solamente uno, pero nuestra imaginación puede regresar a los cruces. ¿Qué habría ocurrido si hubiéramos dicho que sí? ¿Si hubiéramos tomado aquel tren? ¿Si hubiéramos permanecido junto a alguien? ¿Si hubiéramos tenido el valor de marcharnos?
Benjamin comprendió que el pasado tampoco es un territorio completamente cerrado. En él permanecen promesas que no llegaron a cumplirse, posibilidades que reclaman todavía nuestra mirada. Tal vez algo parecido ocurra en nuestra propia historia. Hay decisiones antiguas que no recordamos porque hayan sido importantes, sino porque todavía contienen una pregunta sin respuesta, quién habríamos sido de haber elegido distinto.
Paz escribió una parte esencial de su obra alrededor del tiempo, el instante y esa tensión permanente entre lo que somos y lo que deseamos ser. Vivir es elegir, pero elegir significa también renunciar. Cada camino que tomamos convierte en inexistentes otros caminos posibles. Y quizá una de las formas más silenciosas de madurar sea aprender a despedirnos de esas otras vidas sin dejar de reconocer que alguna vez fueron nuestras, aunque solamente en la imaginación.
Kundera comprendió la tragedia de una existencia sin ensayo. No podemos regresar al principio para comprobar si aquella otra decisión habría sido mejor. No existe una segunda versión de nosotros mismos que podamos consultar. Tenemos esta vida, esta única combinación de encuentros, pérdidas, errores y azares. Lo demás pertenece a ese territorio fascinante de lo que pudo haber sido.
Quizá por eso algunas tardes sentimos una tristeza que no sabemos nombrar. No estamos recordando exactamente algo que ocurrió. Estamos escuchando, muy lejos, los instrumentos de una orquesta que nunca llegó a tocar.
Y entonces comprendo de otra manera aquella vieja canción de Lou Reed. No porque Pale Blue Eyes tenga una respuesta, sino porque algunas canciones saben acompañar preguntas que todavía no sabemos formular.
Tal vez la nostalgia más profunda no sea la que sentimos por el pasado. Tal vez sea la que sentimos por todas las vidas que, siendo posibles, nunca llegaron a ser nuestras.




