Cohesión Social
Existe una sospecha antigua, casi una superstición cultural, según la cual la tristeza vuelve más profundo al ser humano. No basta con ser inteligente, virtuoso o sensible; pareciera que para ser tomado verdaderamente en serio hay que cargar alguna sombra visible sobre los hombros. Desde hace siglos hemos construido una estética de la melancolía que atraviesa la filosofía, la literatura, la pintura y hasta nuestras relaciones personales. Admiramos al hombre que contempla la lluvia desde una ventana más que al que ríe bajo el sol; otorgamos una autoridad moral especial a quien parece haber sufrido mucho, como si el dolor fuera una universidad secreta a la que sólo algunos privilegiados tienen acceso.
Los antiguos ya conocían esta fascinación. El problema XXX atribuido a Aristóteles se preguntaba por qué tantos hombres excepcionales eran melancólicos. Durante siglos, esa idea se convirtió en una especie de dogma cultural. El genio debía estar acompañado por una herida. El talento parecía exigir una cicatriz. Más tarde, el Renacimiento inmortalizaría esta intuición en el célebre grabado Melencolia I de Albrecht Dürer, donde la inteligencia aparece abatida, rodeada de instrumentos inútiles, como si comprender demasiado el mundo condujera inevitablemente a una forma de tristeza.
La modernidad no corrigió esa superstición; la refinó. Los románticos hicieron de la melancolía una forma de aristocracia espiritual. El mal du siècle de François-René de Chateaubriand, la desesperación elegante de Lord Byron o el spleen de Charles Baudelaire terminaron convenciendo a Occidente de que el sufrimiento poseía una belleza superior. Incluso hoy seguimos repitiendo ese prejuicio. Sospechamos de la felicidad. Nos parece superficial. Creemos que quien sonríe demasiado no ha entendido algo esencial acerca de la existencia.
Sin embargo, quizá la verdadera profundidad consista en otra cosa. Tal vez la tristeza posee prestigio porque es solemne, mientras que la alegría es discreta. El dolor hace ruido; la serenidad no. Recordamos a los grandes pesimistas porque escribieron con tinta oscura sobre el muro de la historia, pero olvidamos que también hubo sabiduría en la aceptación luminosa de Baruch Spinoza, quien entendía la alegría como un aumento de la potencia de vivir. Tal vez hemos confundido profundidad con gravedad, inteligencia con sufrimiento y lucidez con desesperanza.
Quizá la pregunta no sea por qué admiramos a los tristes, sino por qué nos cuesta tanto admirar a quienes han logrado reconciliarse con el mundo sin dejar de comprenderlo. Después de todo, cualquiera puede hundirse en el abismo; lo extraordinario es contemplarlo de frente y, aun así, elegir la luz.




