Notas para un lector improbable
¿Alguna vez se han preguntado qué pasaría si un día despiertas y el gobierno o un vecino te prohíben decir lo que piensas? No se trata de insultar por convivir, sino de dar tu opinión sobre un bache en la esquina de tu colonia o dar tu punto de vista respecto a una ley o simplemente profesar una religión, a todo esto, se le llama derecho a opinar sin censura, y cada 20 de septiembre se celebra mundialmente el Día Mundial de la Libertad de Expresión de Pensamiento.
Para entender el contexto de este día, tenemos que recordar el año de 1870 en Roma, Italia, en aquella época, el Papa no solo era el líder de la iglesia, sino también un rey absoluto que gobernaba con leyes basadas en el derecho divino, donde no se podía contradecir lo estipulado por el Papa; el 20 de septiembre de ese año, las fuerzas patrióticas italianas lograron un avance histórico conocido como la “Brecha de la Porta Pía”, derrotando al ejercito del Vaticano y unificando a Italia, más allá de las armas, este evento se convirtió en el símbolo del triunfo de la razón. El mensaje al mundo fue claro: el pensamiento humano no le pertenece a ningún gobernante.
¿Cómo nos protege la ley?
La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos protege este derecho en sus artículos 6° y 7°, el texto legal establece que la manifestación de las ideas ni puede ser objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa, es decir, nadie puede callar antes de que hables (censura previa). Asimismo, el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos protege la libertad de opinión y de expresión.
Sin embargo, hay que aprender a distinguir entre la opinión crítica y una agresión, la ley no protege el insulto que destruye una reputación una reputación, ni el discurso de odio que incita a la violencia contra un grupo de personas.
Conmemorar este día nos invita a hacer una pausa y reflexionar, en tiempos de algoritmos, desinformación y cancelaciones digitales, defender la libertad de pensamiento implica también aprender a tolerar ideas que nos incomodan, al final del día, las leyes valen poco si, como sociedad, olvidamos que la verdad y el progreso solo florecen allí donde todos tienen permitido hablar.
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