Cohesión Social
La República del Humo y las Sombras
Entré al restaurante empujado por el hambre, aunque hemos aprendido a desconfiar de las certezas lineales. Los filósofos sospechan que detrás de cada acto cotidiano palpita una herida fundacional, un abismo ontológico o un trauma de la infancia. Sócrates habría exigido el concepto puro de mi apetito; San Agustín habría intuido que esa hambre física no era más que el síntoma de una sed divina y reprimida; Freud habría rastreado el fantasma de la madre entre los manteles y Nietzsche, con su vitalismo feroz, probablemente habría aconsejado devorar el plato y sepultar las preguntas. Yo, despojado de absolutos, me limité a pedir una mesa para uno.
Era el último reducto disponible, un palco arrimado a la ventana. Desde allí se dominaba el salón, esa pequeña república de extraños donde cada comensal parecía custodiar una constitución secreta y nocturna. A mi derecha, una pareja tejía una disputa en voz baja. Ella hablaba con la mirada hundida en la porcelana; él asentía con una gravedad casi parlamentaria, sepulcral. El ruido ambiente me impedía escuchar, pero el silencio es el mejor abono para la fábula: les hilvané un drama. Pensé en Tolstói, en la simetría de sus familias felices y el desorden de sus intimidades rotas, y luego invoqué a Kierkegaard, porque cualquier desencuentro doméstico adquiere un tinte metafísico cuando se le inocula la palabra desesperación. Decreté, desde mi tregua, que estaban destruyendo su matrimonio.
Dos mesas más allá, tres mujeres encendían un oasis de júbilo. Habían erigido una vela sobre un pastel monumental y una de ellas inmortalizaba el fulgor con el teléfono. Las vi reír y dictaminé que eran felices, pero el cinismo intelectual tarda poco en empañar el vidrio. Schopenhauer habría denunciado aquella alegría como un simulacro del dolor universal; Epicuro habría reclamado una porción para celebrar el placer de los sentidos; Montaigne habría observado, con su ironía amable, que la dicha humana pende de hilos tan minúsculos que nos da rubor confesarlo. Yo, más prosaico, solo pensé que el pastel parecía extraordinario.
Cerca del umbral acechaba un hombre insomne, pulcro en su camisa blanca y su saco oscuro. Cada vez que el viento empujaba la puerta, levantaba los ojos con un automatismo de náufrago. Esperaba a alguien; la urgencia era flagrante. Heródoto habría querido documentar las fronteras de su viaje; Plutarco habría extraído de su vigilia una severa lección moral; Borges, acaso, habría imaginado que aquel hombre aguardaba simultáneamente a todos los seres que la muerte le había arrebatado. Mi imaginación, que padece una incurable vocación hacia la tragedia, prefirió el desprecio: decidí que lo habían dejado plantado.
Mientras aguardaba mi plato, medité en nuestra terca manía de traducir el misterio ajeno. Convertimos un parpadeo en una declaración de amor, un mutismo en rencor acumulado, una copa solitaria en la antesala de la decadencia. Aristóteles persiguió las causas primeras; Hegel redujo la historia a un choque dialéctico; Foucault desnudó las prisiones invisibles del poder. Nosotros, arquitectos de bolsillo, somos menos ambiciosos pero más audaces: observamos la nuca de un desconocido durante treinta segundos y decretamos la totalidad de su alma.
Entonces, el teatro colapsó de forma deliciosa y vulgar. El hombre de la camisa blanca recibió una llamada, mudó el rostro en una sonrisa y se dirigió al exterior. Regresó al cabo de unos minutos escoltado por otro individuo. No había amante clandestina, ni abandono trágico, ni secreto de alcoba. Había dejado el coche en un callejón prohibido y su acompañante no era más que el encargado del estacionamiento. Mi catedral de ficciones se desmoronó por un error de cálculo.
Me habitó una risa limpia. Pensé en Pirandello y sus espectros mendigando una identidad fija, en Cervantes viendo gigantes donde solo soplaba el viento, en Pessoa fragmentando su carne en un archipiélago de vidas ajenas. Quizá operamos de igual modo con nuestra propia biografía: urdimos causas artificiales para justificar los naufragios y llamamos destino al polvo que simplemente nos cae encima.
La pareja de la derecha disolvió su tormenta y ordenó el postre. Las mujeres soplaron la vela, devolviendo el pastel a la penumbra. El hombre del coche regresó a su aislamiento. Nada memorable había cruzado el aire y, sin embargo, durante esa hora yo había gobernado nacimientos, exilios, pasiones y ruinas. Ninguna de esas vidas era real pero todas eran rigurosamente posibles.
Acaso en esa grieta se justifica la Literatura. No nace para descifrar la existencia, sino para advertirnos cuántas existencias clandestinas pueden habitar un mismo escenario. Cervantes lo intuía, Shakespeare lo hizo ley: el ser humano no es una definición de diccionario, sino una multitud de máscaras disputándose el territorio de un solo cuerpo.
Antes de marcharme, arrojé una última mirada al inventario de las mesas. Me asaltó la sospecha de que yo también había sido devorado por la ficción ajena. Tal vez el mesero me imaginaba como un proscrito melancólico; la pareja, como un espía de sus ruinas; las mujeres, como un cronista emboscado. Ningún veredicto tenía por qué rozar la verdad.
Salí a la intemperie de la calle bajo una certeza flotante: el gran error de nuestra especie no es la incapacidad de comprender la vida, sino la soberbia de creer que ya la hemos cartografiado. Caminamos el mundo como historiadores de nuestro propio caos, encuadernando el desorden y bautizando el vacío. Y tal vez esa sea nuestra única ventaja sobre los muertos: ellos ya tienen una biografía; nosotros todavía podemos arruinarla.
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