Las Batallas
El veintidós de septiembre pasado, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) publicó los resultados de la Encuesta Intercensal (EIC) de 2025.
Entre los resultados se encuentra que México ha envejecido, pues entre 2020 y 2025 la edad mediana de la población pasó de 29 a 32 años.
Pero no solo eso, la encuesta arroja que el promedio de hijas e hijos nacidos vivos de las mujeres de doce años y más también disminuyó entre 2020 y 2025, al pasar de 2.1 a 1.9. Cifra que ya está por debajo del reemplazo poblacional (que es precisamente ese 2.1).
Si bien, la cifra varía de estado a estado, la Ciudad de México destaca con apenas 0.8 hijos por mujer, esto significa que, si fuera un país, su tasa de fecundidad sería apenas comparable con países asiáticos de extrema baja natalidad como Corea del Sur o Macao.
Lo cual es coincidente con la disminución en la tasa global de fecundidad que pasó de 1.9 hijas e hijos por mujer en 2019 a 1.2 en 2024.
Y aquí vale la pena preguntarse, ¿qué es lo que genera esta disminución? Pues bien, el problema es multicausal y lo describiré en los siguientes parágrafos.
La precariedad económica es lo más citado por los especialistas. ¿Has visto esos memes de “mi papá a sus 30” y sale un señor con casa y una familia y, “yo a mis 30” y sale un adulto en una fiesta temática de dragon ball o coleccionando cartitas o muñequitos?
Pues eso es exactamente lo que pasa: empleos inestables, salarios que no alcanzan para sostener a una familia, inflación, imposibilidad para acceder a una vivienda propia, alquileres mastodónticos, colegiaturas ridículamente altas, esto obliga a muchos adultos a seguir viviendo con sus padres o a compartir gastos con roomies, inclusive a mediados de los treintas.
Es irónico y prácticamente depresivo que haya adultos que, aunque quieran, simplemente no pueden ser adultos, y por eso tienen que refugiarse en esos pequeños placeres de consolación, como coleccionables, objetos de consumo e inclusive algunos viajes.
Y si a esto le sumas las jornadas extenuantes, la falta de tiempo libre y otros factores como la inseguridad, se entiende por qué muchas personas están optando por no tener hijos.
Por otro lado, la reducción en el número de hijos también se relaciona con el nivel educativo de las mujeres.
En la encuesta, las mujeres sin escolaridad registraron un promedio de 4.9 hijos, mientras que entre aquellas con educación media superior o superior el promedio fue de 1.2.
Algunos artículos describen esto como un cambio de paradigma, muchas jóvenes ya no ven la maternidad como algo obligatorio, sino como una decisión que pueden o no tomar, y que ponderan con otras cosas como el desarrollo profesional.
Pero esto significa todavía otra cosa, más daño a una clase media muy erosionada.
Sí, las clases menos favorecidas siguen teniendo hijos por un gran número de factores interconectados, como menos métodos anticonceptivos, falta de información y también porque para muchas familias tener hijos es una forma de obtener ingresos (ya sea por apoyos sociales o por vía de trabajo infantil).
Por su parte, las clases altas, seguirán teniendo hijos, no solo porque tienen todos los recursos para hacerlo, sino porque esto es necesario para crear alianzas estratégicas y para que su riqueza se siga conservando.
Por consiguiente, se podría inferir que la mayor reducción se encuentra en la clase media (profesionistas, ejecutivos de medio nivel, pequeños emprendedores y freelancers.
Esto podría llevar a una crisis de seguridad social, pues una base reducida de jóvenes económicamente activos tendría que sostener sistemas pensionarios y de salud cada vez más costosos para atender a una gran cantidad de adultos mayores.
Japón que es una de las sociedades más envejecidas del mundo (cerca del 30% de su población tiene más de 65 años) y que también tiene una tasa de fecundidad bajísima (1.2 hijos por mujer) no ha podido reducir esta tendencia, pese incentivos económicos y educativos para quienes procreen. Y esto se debe a factores estructurales profundos, como una cultura laboral sobrecargada y costo de vida alto.
Así que México no se debería plantear la pregunta de qué políticas establecer para aumentar los nacimientos, sino qué cambios sistémicos son necesarios que permitan a todos elegir libremente.




