Cohesión Social
La mente humana trabaja de formas distintas. Los comportamientos sociales pueden aprenderse, pero hay ocasiones en que la misma naturaleza del ser rechaza una conducta que tal vez, en su momento, fue aceptada.
El día de hoy escribimos estas líneas en honor a quienes decidieron cambiar nuestra sociedad diciendo “ya no más”. Aunque parezcan palabras simples, conllevan el valor de quien decidió hacer una diferencia en su comportamiento; a pesar de que, en su momento, pudieran ser atacados por pensar diferente. Tuvieron el valor de querer demostrar que había un camino distinto, sobre todo cuando lo aprendido implicaba violencia hacia grupos de personas que tenían que soportarla porque, por la época en la que vivieron, era aceptada y hasta reconocida como una necesidad.
La reflexión sobre la cultura de la paz nos lleva a entender que una cosa es defenderse —como derecho de todo ser humano— y otra muy distinta es realizar actos violentos sin importar el género. Sin embargo, existió una época donde sí había un género que podía ejercer violencia, a veces desmedida, contra otros. Esto pasó hace no muchas generaciones, y aún quedan reminiscencias sociales al respecto, las cuales inspiraron estas líneas.
Esta semana, al estar en una sala de espera, se me acercó un hombre. Era un adulto mayor; vestía botas, pantalón de mezclilla negro desgastado pero limpio, una camisa a cuadros con los puños doblados y un sombrero sencillo. Era de complexión delgada, no muy alto, y con la piel quemada por el sol. Amablemente me ofreció un producto que vendía parecido a una galleta: muy natural, crocante y preparado de forma artesanal.
Mientras platicaba las bondades de su producto, la charla nos llevó a los tristes recuerdos de su infancia. Él mencionaba que era incapaz de golpear a una mujer. Contó que, durante su niñez, presenció cómo su padre golpeaba a su mamá de forma brutal; en sus palabras, “la ensangrentaba”. Él, siendo apenas un niño, no podía hacer frente a esa fuerza que explotaba con una rabia desmedida contra el ser que le dio la vida.
Su padre le quería enseñar lo que debía ser “un hombre”, pero él se negó a aprenderlo. Al contrario, entendió que quien se comporta así “es un cobarde”, aunque llevara su misma sangre. Él decidió que eso ya no debía suceder.
Mientras narraba su historia, sus ojos se pusieron cristalinos y su voz se quebró. Sacó un pañuelo y se limpió el rostro. Me dijo que un día se hincó frente a su madre, quien acababa de ser golpeada. Sin importar la edad que tenía, ante Dios y ante ella, prometió que nunca iba a golpear a una mujer, pasara lo que pasara. Comprendiendo el daño tan profundo que esas acciones ocasionaban, se abrazó a sus pies, levanto la cara, la miro a los ojos y realizó “su juramento”.