Cohesión Social
Hubo un tiempo, y no es nostalgia vacía, en que la infancia se vivía en la calle. Yo crecí jugando futbol, corriendo sin reloj, escondiéndome entre risas en la cuadra. Los vecinos no eran extraños, eran parte de mi vida. Ahí aprendimos a convivir, a perder, a ganar, a resolver conflictos sin filtros ni pantallas. Ahí nacieron lazos que no se quedaron en la memoria, que encontraron la forma de permanecer y convertirse en parte fundamental de mi historia presente.
Hoy, esa escena parece lejana. No desapareció por casualidad: fue desplazada.
Las nuevas generaciones no están creciendo en comunidad, están creciendo en aislamiento. Viven hiperconectadas, pero profundamente solas. En México, el 74% de los usuarios de redes sociales son menores de edad y pasan en promedio tres horas al día en ellas. Uno de cada cuatro experimenta soledad no deseada, lo más alarmante: muchos buscan compañía en algoritmos.
El problema no es solo tecnológico: es emocional y estructural, pero corregible si se atiende con seriedad. Hoy existen herramientas: acompañamiento psicológico oportuno, educación socioemocional temprana, regulación del uso de dispositivos en escuelas y hogares, e intervención de familias y docentes. No se trata de prohibir la tecnología, sino de educar su uso. Países ya restringen celulares en aulas; México apenas inicia ese debate. A la par, estrategias nacionales de salud mental buscan abrir una conversación postergada: la de las emociones. No basta con programas; se requiere ejecución, seguimiento y corresponsabilidad social. Porque ninguna política pública sustituye la presencia de un adulto atento y de un entorno que escuche.
La ansiedad y la depresión son una constante entre jóvenes universitarios; la presión por cumplir expectativas, la incertidumbre laboral, la falta de vínculos y el abandono emocional están formando una generación que NO sabe cómo gestionar lo que siente. Datos oficiales revelan más de 500 suicidios en jóvenes de entre 15 y 24 años en los últimos años. No son números: son vidas que no encontraron salida.
El reciente ataque en Teotihuacán no solo es un hecho violento; es un síntoma. Un joven que planifica, consume contenido violento, actúa y se quita la vida. No es un caso aislado: refleja una mente fracturada en silencio. Hoy criamos generaciones expuestas a todo, pero acompañadas en nada. Redes sociales que normalizan la violencia. Inteligencia artificial que sustituye vínculos. Entornos familiares ausentes o rebasados. Escuelas centradas en rendimiento, no en emociones. Jóvenes que, sin herramientas, enfrentan un mundo que exige todo… sin enseñarles cómo sostenerse. Por eso, la campaña de salud mental que inicia en el país no es opcional. Es urgente.NO basta con guías o protocolos. Se requiere reconstruir lo esencial: el vínculo humano. Volver a mirar a los jóvenes, no solo evaluarlos. Escuchar, no solo corregir. Estar. El problema es que las nuevas generaciones están más solas. Actualmente, la salud mental no es un tema individual, sino una responsabilidad colectiva. Porque si no intervenimos a tiempo, lo que hoy es silencio… mañana será crisis.




