Hablemos de salud integral
Cuando escuchamos hablar de las negociaciones del T-MEC, es fácil perderse entre siglas, tecnicismos y discursos diplomáticos. Sin embargo, lo que hoy se discute en Ciudad de México y Washington impacta directamente el bolsillo, el empleo y el futuro de millones de personas. Detrás de las fotografías oficiales, la realidad es incómoda: Estados Unidos ha llegado a la mesa con una postura agresiva, buscando modificar las reglas del juego a su favor y a costa de México.
La señal más clara llegó desde Nueva York, donde se filtró una exigencia de la administración de Donald Trump: que la mitad de las piezas de los automóviles fabricados en la región se produzcan exclusivamente en territorio estadounidense. No se trata de comercio justo, sino de una medida proteccionista que pretende desmantelar una industria automotriz que México tardó décadas en consolidar gracias al esfuerzo y especialización de sus trabajadores. En términos simples, buscan obligar a las empresas a comprar insumos estadounidenses en lugar de mexicanos. El asedio no termina ahí. Mientras congresistas estadounidenses exigen que los salarios en México aumenten para reducir el atractivo de invertir aquí, los sectores más duros amenazan con mantener aranceles al acero y aluminio mexicanos. La contradicción es evidente: demandan apertura total, certeza jurídica para sus inversiones en energía y telecomunicaciones, pero se reservan el derecho de castigar nuestros productos cuando conviene a sus intereses políticos.
¿Qué debe hacer México frente a una relación tan asimétrica?
Nuestros negociadores, encabezados por Marcelo Ebrard, no pueden acudir con el optimismo ingenuo de otras etapas. En esta negociación, la debilidad puede traducirse en desempleo. México debe actuar con firmeza y utilizar sus verdaderas fortalezas.
La primera es recordar una realidad económica fundamental: lo que Estados Unidos compra a México fortalece a toda Norteamérica. Si Washington decide asfixiar la economía mexicana mediante aranceles o imposiciones arbitrarias, terminará encareciendo productos para sus propios consumidores y abriendo espacios a competidores como China. Castigar a México sería un error estratégico.
La segunda es fortalecer la alianza con Canadá. La propuesta de extender el tratado hasta 2042 aporta estabilidad, pero debe acompañarse de un frente común capaz de contener los impulsos proteccionistas que amenazan la integración regional.
La tercera es mantener orden interno. El gobierno mexicano acierta al frenar excesos regulatorios y auditorías sorpresivas que generan incertidumbre. Para exigir reglas claras en el exterior, primero debemos garantizarlas dentro del país.
La soberanía económica no se defiende con temor ni con discursos sumisos. México es hoy el principal socio comercial de Estados Unidos y un actor indispensable para la competitividad de Norteamérica. No somos espectadores en esta mesa; somos una pieza esencial de su funcionamiento económico. Es momento de actuar con estrategia, hacer valer nuestra posición y recordar que, en el tablero global, Estados Unidos nos necesita tanto como nosotros a ellos. La pasividad de hoy puede convertirse en la escasez de mañana.