Nada Personal
Pocas palabras han recorrido tantos siglos con la misma intensidad que Ítaca. Basta pronunciar su nombre para que algo antiguo despierte en la memoria, incluso en quienes jamás han leído a Homero. Quizá porque Ítaca nunca fue únicamente una isla del mar Jónico. Fue, desde el principio, la intuición de que toda vida necesita un horizonte capaz de justificar el camino. En la Odisea, el regreso de Odiseo parece conducir hacia un lugar geográfico; sin embargo, conforme avanzan los cantos, comprendemos que el verdadero viaje ocurre en el interior del viajero. El mar no sólo separa ciudades. También separa a un hombre de aquello que alguna vez creyó ser.
Kavafis comprendió esta verdad mejor que nadie cuando escribió que lo importante no era llegar a Ítaca, sino todo aquello que el viaje concede. Su poema no corrige a Homero; lo prolonga. La isla deja de ser un destino para convertirse en una forma de mirar la existencia. Hay vidas que alcanzan todas sus metas y permanecen vacías, mientras otras encuentran plenitud precisamente porque el camino las obligó a descubrir aquello que jamás habrían buscado desde la comodidad del puerto. Ítaca no recompensa con riquezas. Recompensa con transformación.
No deja de ser significativo que Adorno y Horkheimervieran en Odiseo una de las primeras figuras del sujeto moderno. En Dialéctica de la Ilustración sostienen que el héroe sobrevive no por la fuerza, sino por la astucia, el cálculo y la capacidad de dominar sus propios impulsos. Atado al mástil para escuchar el canto de las sirenas sin sucumbir a ellas, Odiseo inaugura una forma de racionalidad que hará posible la civilización, aunque también sembrará una paradoja inquietante. Para conservarse, el hombre aprende a renunciar continuamente a una parte de sí mismo. Toda conquista exige un sacrificio invisible. El precio de llegar suele pagarse con aquello que dejamos de ser durante el trayecto.
Muchos siglos después, Joyce comprendió que la Odiseajamás había terminado. Simplemente había cambiado de escenario. En Ulises, el Mediterráneo se convierte en las calles de Dublín y los monstruos adoptan la apariencia discreta de la rutina, la incertidumbre y la conciencia. Ya no hacen falta dioses ni cíclopes para emprender una odisea. Basta atravesar un día cualquiera llevando sobre los hombros el peso de la memoria, del deseo y de las decisiones que nos constituyen. El viaje heroico dejó de pertenecer a los reyes para instalarse silenciosamente en la vida de cualquier ser humano.
Quizá por eso seguimos regresando a Homero después de casi tres milenios. No porque esperemos encontrar respuestas arqueológicas sobre la Grecia antigua, sino porque intuimos que cada existencia es también una navegación entre tempestades visibles e invisibles. Todos hemos tenido nuestras sirenas, nuestras noches sin rumbo, nuestras islas donde estuvimos tentados a permanecer para siempre. Todos hemos perdido algo que ya no podrá recuperarse. Todos hemos seguido avanzando aun sin saber con certeza hacia dónde.
Tal vez la verdadera Ítaca nunca haya sido un lugar. Tal vez sea la melancólica certeza de comprender, al final del viaje, que aquello que anhelábamos recuperar quedó para siempre detrás del horizonte, y que el único regreso posible consiste en reconciliarnos con quienes llegamos a ser, aunque nunca volvamos a encontrarnos con quienes alguna vez fuimos.
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