Filosofía sin escrúpulos
“Hay gente que piensa que el fútbol es un asunto de vida o muerte. A mí no me gusta esa actitud. Puedo asegurarles que es mucho más serio que eso.”
Bill Shankly
México hará historia como el único país en albergar tres Copas del Mundo: México 1970, México 1986 y la Copa Mundial de la FIFA 2026, organizada conjuntamente por México, Estados Unidos y Canadá.
¿Qué diferencias existen entre estos tres eventos? Analicémoslo.
Nuestro país recibió la nominación para ser sede mundialista el 8 de octubre de 1964, en Tokio, Japón, superando la candidatura de Argentina.
Para 1966 se inauguró el Estadio Azteca, que posteriormente sería utilizado durante los Juegos Olímpicos de 1968. Además, México expandió sus redes de telecomunicaciones y mejoró su infraestructura tecnológica, logrando transmitir por primera vez una Copa del Mundo a gran escala y en televisión a color.
Cinco ciudades fueron seleccionadas como sedes: Ciudad de México, Puebla, Guadalajara, Toluca y León.
En aquel entonces, el ambiente futbolero no se limitaba al marketing. Las estrellas deportivas convivían de cerca con los aficionados, y la ciudadanía podía compartir espacios con ellas incluso sin contar con boletos para los partidos.
Sin embargo, detrás de esa imagen internacional de modernidad existía una realidad mucho más oscura. Apenas dos años antes, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz había cometido uno de los episodios más dolorosos de la historia contemporánea de México: la matanza de Tlatelolco del 2 de octubre de 1968.
Durante aquel Mundial, México vivía una época marcada por la centralización del poder, el crecimiento económico sostenido, el control de los medios de comunicación y el dolor de miles de familias afectadas por la represión política.
Tan solo trece años después de concluir el Mundial de 1970, el 20 de mayo de 1983 México volvió a ser designado sede de una Copa del Mundo. En esta ocasión, para el Mundial de 1986, luego de que Colombia renunciara a organizar el torneo debido a problemas de infraestructura y financiamiento.
Esta vez no se construyeron nuevos estadios, pero sí se realizaron importantes adecuaciones, entre ellas la ampliación de la capacidad del Estadio Azteca, que llegó a superar los 110 mil espectadores y se convirtió en el estadio más grande del mundo.
También se remodelaron inmuebles deportivos en Querétaro, León, Monterrey, Zapopan, Guadalajara, Puebla, Toluca, Nezahualcóyotl y Ciudad Universitaria.
Lamentablemente, la tragedia volvió a golpear a México apenas un año antes del torneo. El terremoto del 19 de septiembre de 1985 devastó la Ciudad de México y cobró la vida de entre 20 mil árboles 40 mil personas, según cifras de organizaciones civiles.
El ambiente mundialista, aunque festivo, también estaba marcado por el luto. Persistían las críticas hacia las autoridades por la respuesta brindada a los damnificados.
Incluso el presidente Miguel de la Madrid fue abucheado durante la inauguración del torneo. Los mexicanos expresaron públicamente su inconformidad, y aquello quedó registrado ante los ojos del mundo.
A pesar de ello, los jugadores continuaban teniendo una relación mucho más cercana con la afición. Infancias, jóvenes y adultos podían acudir a los alrededores de los estadios y vivir el ambiente mundialista aun sin contar con entradas para los partidos.
Treinta y nueve años han pasado desde entonces, y los cambios son profundos.
En 2018 se anunció que la candidatura conjunta de México, Estados Unidos y Canadá había sido seleccionada para organizar la Copa Mundial de la FIFA 2026, la más grande en la historia del torneo.
Tres países unirán esfuerzos para recibir a 48 selecciones nacionales que disputarán 104 partidos.
A diferencia de 1970 y 1986, este Mundial no llega después de una tragedia nacional de gran magnitud, sino en medio de múltiples problemáticas que afectan cotidianamente a millones de personas: violencia, feminicidios, corrupción, deterioro ambiental y una creciente inconformidad social.
Otro cambio significativo es el nivel de control y seguridad que rodea al evento. El acceso a las inmediaciones de los estadios estará sujeto a filtros, restricciones y medidas de vigilancia que habrían sido impensables en los Mundiales anteriores.
Los elevados costos de los boletos también han generado críticas. Para una gran parte de la población mexicana, asistir a un partido resulta prácticamente imposible.
Debido a que un boleto puede costar desde 34,000 pesos a 73,000 pesos, es decir, menos del 2% de los mexicanos podría darse el lujo de acercarse a menos de 1.5 km del Estadio Banorte, según datos del INEGI.
El Mundial deja de sentirse como una celebración popular y comienza a percibirse como un espectáculo destinado principalmente a quienes pueden pagarlo.
Mientras tanto, varias obras de infraestructura anunciadas en torno al torneo enfrentan retrasos o han quedado inconclusas.
En la Ciudad de México destacan:
• Modernización del Aeropuerto Internacional Benito Juárez.
• Intervenciones en los bajo puentes de Tlalpan.
• Parque Elevado de Tlalpan.
• Mejoras en la Línea 2 del Metro.
En Monterrey:
• Líneas 4 y 6 del Metro.
• Ampliación de la conexión hacia el aeropuerto.
• Torre Rise.
• Andador peatonal “Techo Serpiente”.
• Controversias relacionadas con la imagen urbana en zonas de bajos ingresos.
En Guadalajara, por el contrario, el avance de las obras ha sido considerablemente más favorable.
Más allá del marketing, la publicidad y los discursos oficiales, vale la pena preguntarnos:
¿Hoy sientes que este Mundial es tuyo?
¿O estamos ante otro ejercicio de maquillaje mientras la inconformidad social continúa creciendo?