Hablemos de salud integral
La emergencia que se vivió en la colonia San Juan Negrete del municipio de Tepeaca, en el estado de Puebla, el pasado 4 de junio, afortunadamente no dejó víctimas mortales ni heridos, pero sí mucho que reflexionar sobre la respuesta a una emergencia.
Un programa de Protección Civil es un instrumento de planeación y operación diseñado para mitigar riesgos, establecer protocolos de respuesta a emergencias y así prevenir desastres. Todos debemos tener un programa de Protección Civil; en cualquier lugar donde haya permanencia o tránsito de personas es fundamental: desde una casa, que debe contar con su plan familiar, hasta un negocio sin importar su tamaño, una iglesia o una plaza pública. La razón es muy simple: proteger la vida humana y, después, los bienes.
Contar con un programa de Protección Civil es contar con un manual que nos dice qué, cómo, cuándo y quiénes actuarán ante determinada emergencia; es decir, nos da información para tomar mejores decisiones que ayuden a proteger la vida de las personas. Esa información se traduce en conocimiento y el conocimiento da seguridad.
Los hechos ocurridos el pasado 4 de junio reflejan que aún no estamos lo suficientemente preparados para actuar ante una emergencia y que falta comprender que vivimos en una sociedad del riesgo. Como diría el sociólogo Ulrich Beck, tratamos de gestionar y sobrevivir a los males y peligros generados por el desarrollo. Hoy, el simple hecho de vivir es un riesgo.
Si bien no hubo víctimas mortales, hay postales que reflejan la incomprensión del entorno. Se evacuaron dos escuelas cercanas al lugar y un hospital, pero los videos que se han difundido en redes muestran personas gritando, corriendo desorientadas, y otras que permanecen como si nada pasara. Una escuela donde se llevaba a cabo una ceremonia de graduación y, al fondo, la columna de humo; personas en el patio hasta que se escuchó la explosión y entonces algunos reaccionan y comienzan a gritar. Es casi seguro que las escuelas cercanas tienen un programa de esos que son para “cumplir” la norma, pero no creo que realizaran simulacros para una explosión o para un enfrentamiento armado; quizá, con mucha suerte, realizaban simulacros para sismo.
Este es el desconocimiento de nuestro entorno y de los riesgos percibidos. Se sabe que Tepeaca pertenece al llamado triángulo rojo junto con Acajete, Acatzingo, Tecamachalco, Quecholac y Palmar de Bravo, entre otros. Esta zona es de alto riesgo, principalmente por la alta incidencia de robo de hidrocarburos y también porque se ha infiltrado el crimen organizado, con autoridades probablemente condescendientes y una población amenazada. Este cóctel de riesgos expone a la población a peligros químicos (explosiones) y antropogénicos (estampidas y caos). Lo que pasó era cuestión de tiempo.
Por otro lado, al cuestionar los medios de comunicación a las autoridades sobre si el lugar donde se encontraban las seis pipas que explotaron era un depósito clandestino, respondieron que no sabían y que eso lo determinaría la Fiscalía. No sé qué sería peor: que fuera un predio clandestino donde guardaban las pipas cargadas de gas robado, o que fuera “legal”, porque a juzgar por las imágenes no se observa ninguna medida de seguridad. Me inclino más por la primera opción.
Observando los riesgos y peligros a los que estamos expuestos todos los días, hay que reforzar la idea de que un desastre no solo es originado por un fenómeno natural, sino que en un lugar donde hay corrupción, inseguridad y prácticas fuera de la ley, nos enfrentamos más a riesgos causados por la especie humana.
Este llamado no es a las autoridades sino a la sociedad: a tener conciencia de la importancia de contar con un programa de Protección Civil, a conocer nuestro entorno y a realizar simulacros con distintas hipótesis. Solo así no dependeremos del día en que las autoridades pongan seriedad y mano dura sobre el tema.