El IMSS: los derechos de los trabajadores también son derechos del pueblo
El debate en torno a la instalación de los semáforos pluviales en el municipio de Puebla ha alcanzado niveles de discusión pública que rayan en el absurdo. En los últimos días, algunos ciudadanos y servidores públicos se han volcado a descalificar esta medida con una ligereza que delata una preocupante ignorancia técnica en materia de gestión integral de riesgos y protección civil. Estos funcionarios se escudan bajo el argumento de que es la opinión popular, que aunque válida, no siempre es correcta.
Argumentar que estos dispositivos "no sirven para evitar las inundaciones" no solo es un error metodológico-conceptual, sino una muestra clara de cómo ciertos representantes prefieren el golpeteo político por encima de la seguridad ciudadana y la proactividad.
Para entender el valor de esta estrategia —que defiendo a capa y espada, como cualquiera cuyo fin sea la salvaguarda de la vida— es necesario explicar lo más elemental de las ciencias del riesgo. Un semáforo pluvial jamás fue diseñado para solucionar las deficiencias del sistema de drenaje, la mala conducta de llenar las calles de basura y cacharros, ni para detener la lluvia. Su propósito fundamental es la prevención y el alertamiento temprano. Se trata de una herramienta de concientización inicial diseñada para influir en la conducta de las personas, advirtiéndoles de manera clara y visual el peligro de adentrarse en un punto crítico de encharcamiento, algo que pareciera obvio, pero no lo es. Si sigue habiendo autos varados y arrastrados por la corriente es porque sigue habiendo personas que, confiando en su motor y su pericia al conducir, siguen desafiando el peligro. Es un mecanismo educativo-visual para salvar vidas en el momento exacto en que la naturaleza evidencia las fallas estructurales.
Resulta lamentable ver a ciertos actores políticos encabezar una cruzada de desinformación tan incisiva en contra de los semáforos pluviales. Con una miopía alarmante, estas personas han enfocado sus baterías en atacar y señalar la ineficacia del sistema; sin embargo, no proponen, no actúan, no los veo por lo menos proponiendo al cabildo municipal que aumente considerablemente el presupuesto a la gestión de riesgos y a protección civil. El argumento se cae por su propio peso al revisar la realidad financiera: la primera etapa de estos semáforos se ejecutó como parte del material operativo corriente de la propia dependencia, representando una inversión económica sumamente baja.
Si queremos ponernos estrictos, pongámonos estrictos en serio y comencemos por escudriñar el presupuesto destinado y las condiciones en las que operan los cuerpos de emergencia. Valdría la pena preguntarles a esos representantes: ¿desde cuándo un instrumento de alerta de bajo costo tiene la obligación de resolver un problema estructural de ingeniería hidráulica y de comportamiento social? Exigirle a un semáforo pluvial que detenga el agua es tan ridículo como exigirle a una alerta sísmica que detenga el movimiento de las placas tectónicas.
La propuesta de colocar alertamiento sonoro y/o visual para avisar a la población no es incorrecta, pero será un esfuerzo y gasto innecesario si no se va a la raíz del problema: entender que los desastres no son naturales y que todos colaboramos tanto en su ocurrencia como en su prevención. El mejor ejemplo es la alerta sísmica que llega hasta nuestros dispositivos móviles: se recibe y pocos saben qué hacer cuando la escuchan, y hay quienes se molestan porque suena y los “espanta”. ¿Entonces?, malo si existe, malo si no existe. El mismo destino tendrá un alertamiento sonoro en caso de inundación o encharcamiento severo si no se acompaña de una conciencia de la prevención y sobre todo de la autoprotección.
La gestión integral de riesgos abarca desde la gran obra de infraestructura hasta el cambio conductual del ciudadano y de las autoridades. Criticar una medida preventiva que apela a la responsabilidad social y a la resiliencia urbana solo demuestra que, para algunos personajes públicos, el riesgo de la ciudad es meramente capital político. Las autoridades operativas hacen su trabajo al instalar sistemas de advertencia con los recursos disponibles; a los políticos les tocaría, al menos, estudiar los manuales básicos de prevención antes de abrir el micrófono. Al final del día, descalificar un semáforo que busca evitar que una familia muera atrapada en su auto no es hacer crítica constructiva, es apostarle a la tragedia para ganar una nota.
En la democracia son bienvenidas todas las voces pero como diría Aristóteles, la virtud es acción y eso se espera de autoridades y ciudadanos, hacer y no solo decir.