Las Batallas
La fuerza de la naturaleza es inevitable, pero la magnitud de una tragedia humana casi siempre está firmemente ligada a la mano del hombre. El reciente terremoto en Venezuela no solo sacudió la tierra; desnudó, con una crudeza desgarradora, las profundas fallas de un sistema que durante décadas postergó la prevención y la fiscalización técnica. Aunque el evento físico tuvo características extraordinarias, el colapso masivo de edificaciones no fue una fatalidad del destino, sino la consecuencia lógica de vulnerabilidades política e institucional acumulada por años. Para comprender el desastre en Venezuela, tocaré cinco puntos que, sumados explican el tamaño de la tragedia.
Comenzamos por lo que no está en manos del ser humano controlar, los fenómenos naturales. Los terremotos ocurrieron el 24 de junio a las 18:04 horas con 39 segundos de diferencia entre el primero y el segundo, tuvieron una magnitud de 7.2 y 7.5, esto último es importante porque seguramente el primer sismo fisuró y debilitó las bases de las construcciones y al presentarse el segundo movimiento tan rápido, destruyó las construcciones ya debilitadas puesto que no hubo tiempo de reforzarlas. Otro factor importante es que los sismos ocurrieron a menos de 20 km de profundidad lo que ocasiona que la energía golpee con más violencia.
Ahora veamos los factores que sí puede controlar el ser humano y que son los que, en realidad, ocasionaron el desastre.
Gran parte de las torres de ciudades como Caracas y La Guaira se construyeron a mediados del siglo XX (décadas de 1950 a 1970). En esa época, las normativas eran rudimentarias y los edificios se hacían con un tipo de concreto antiguo que carece de las conexiones de acero flexibles que hoy exige la norma COVENIN (Norma de construcción sismorresistente en Venezuela). Mientras que países como Japón o EE. UU. obligan a los propietarios a reforzar (hacer retrofit) a los edificios viejos, en Venezuela la prolongada crisis económica impidió financiar estas costosas reformas estructurales.
Algunos análisis estructurales que se comienzan a hacer revelan que varios de los edificios que colapsaron presentaban un “error” de diseño, la planta baja no contaba con columnas y muros de carga sino con estructuras muy débiles que no soportaron el peso de los pisos superiores.
Otro factor fue que, durante la bonanza petrolera y crecimiento económico en Venezuela, el gobierno impulsó la construcción masiva de viviendas que, al hacerse de manera apresurada, convenientemente se omitió supervisar la calidad de los materiales y los controles de fiscalización como los estudios de suelo, todo esto porque ya existía un sistema aceitado por la corrupción. Los estudios de suelo son importantes porque determinan en primer lugar, si se puede construir y en segundo lugar, el tipo de construcción. Varias de las estructuras colapsadas seguramente están sobre suelos blandos y esto amplifica las ondas sísmicas provocando sacudidas más fuertes por el efecto de resonancia.
Por último, la enfermedad de la que muchos países padecen no solo es la corrupción, sino la incomprensión de la gestión del riesgo. Esto lleva a que, a pesar de contar con herramientas como centros de investigación, atlas de riesgos, normas y códigos, todo sea solo apariencia. Mientras las autoridades y la sociedad no comprendan que invertir todo tipo de recursos en prevención sale mucho, pero mucho más barato que recuperarse de un desastre, esto seguirá ocurriendo. Con el tiempo, las construcciones se vuelven a poner de pie, pero las personas fallecidas, nunca.