Las Batallas
(Segunda parte). En la primera parte de esta reflexión hablábamos de cómo la Inteligencia Artificial (IA) comenzaba a convertirse en confidente, particularmente entre jóvenes que encuentran en un chatbot una escucha inmediata, disponible y aparentemente libre de juicios. Pero hay una segunda pregunta que resulta todavía más inquietante: ¿en qué momento dejamos de consultar a la IA para empezar a depender de ella?
La respuesta comienza a aparecer en nuestros hábitos cotidianos. Ya no se trata solamente de preguntarle cómo hacer una tarea, redactar un texto o buscar información. La utilizamos para decidir qué decir, cómo responder un mensaje, qué comprar, cómo organizar nuestro día, qué estudiar, cómo resolver un problema laboral e incluso qué hacer ante un conflicto personal. Un estudio de OpenAI señala que alrededor de tres cuartas partes de las conversaciones de los usuarios se concentran en orientación práctica, búsqueda de información y escritura; casi la mitad de los mensajes corresponden a “preguntar”.
Y aquí aparece una palabra que debemos mirar con cuidado: ”dependencia”. Consultar una herramienta no es, por sí mismo, un problema. El riesgo surge cuando dejamos de desarrollar nuestro propio criterio porque resulta más cómodo preguntarle a una máquina. Cuando antes de pensar buscamos una respuesta. Cuando antes de escribir, sentimos que necesitamos que alguien —o algo— nos diga cómo hacerlo. Cuando una decisión personal comienza a parecernos incompleta si no ha pasado por un chatbot.
Los jóvenes son quizá el espejo más evidente. Una investigación de Common Sense Media encontró que quienes utilizan IA recurren a ella para asuntos de salud y cuerpo, decisiones sobre su futuro, práctica de conversaciones y problemas personales. Incluso 37% la ha utilizado para hablar de sus sentimientos o dificultades personales. Entre quienes usan IA diariamente, 42% considera difícil pasar un mes sin ella.
¿Estamos formando una generación más capaz gracias a la tecnología o una generación que poco a poco está delegando capacidades que antes ejercitaba por sí misma? La pregunta no es menor. Porque pensar, equivocarse, argumentar, conversar, negociar, investigar y tomar decisiones también son habilidades que se construyen con práctica. Si la IA redacta siempre nuestros mensajes, ¿qué sucede con nuestra capacidad de comunicarnos? Si resuelve nuestros problemas académicos, ¿qué ocurre con el aprendizaje? Si interpreta nuestras relaciones, ¿cómo aprendemos a enfrentar directamente los conflictos?
La tecnología puede ahorrar tiempo, pero también puede ahorrarnos precisamente aquello que necesitamos ejercitar. Y hay otra frontera que debemos vigilar: “la confianza”. Que una respuesta sea clara, rápida y convincente no significa que sea verdadera. En especial cuando hablamos de salud, asuntos legales, dinero o decisiones personales, consultar a la IA puede ser un primer paso, pero nunca debería convertirse automáticamente en la última palabra. Incluso investigaciones recientes sobre asesoría legal generada por IA advierten que algunas personas actúan basándose más en la apariencia convincente de la respuesta que en su verificación.
El verdadero desafío no consiste entonces en alejarnos de la IA. Sería ingenuo, además de imposible. El desafío consiste en aprender a utilizarla sin entregarle aquello que nos hace humanos: el juicio, la responsabilidad, la sensibilidad y la capacidad de decidir.
La primera parte de este artículo concluía que la IA puede escuchar, pero no puede abrazar. Hoy podemos agregar algo más: “la IA puede orientarnos, pero no debe pensar por nosotros”. Porque una sociedad que delega todas sus preguntas corre el riesgo de olvidar cómo construir sus propias respuestas.
“No deleguemos nuestro criterio”.




