Columna Descomplicado/Jorge Robledo
(Primera parte). Hay una escena que comienza a ser cotidiana: un joven llega a casa, toma el teléfono, abre un chatbot y escribe aquello que no se atreve a contarle a nadie: “Estoy triste”, “no sé qué hacer”, “siento que nadie me entiende”. Del otro lado no hay una persona, sino un sistema capaz de responder en segundos con palabras amables y aparentes muestras de empatía. La pregunta ya no es si la utilizan para hablar de sus emociones, sino qué estamos haciendo para que una máquina se convierta en su refugio.
Los datos obligan a mirar el fenómeno sin prejuicios. Una investigación nacional en Estados Unidos, publicada en 2026 con datos de 2025, encontró que 19.2% de adolescentes y adultos jóvenes había utilizado chatbots para recibir consejos sobre salud mental. De ellos, 91.7% consideró esas respuestas algo o muy útiles. Pero sentirse ayudado no significa recibir una intervención segura o profesional.
Entre adolescentes, el uso es aún más amplio. Common Sense Media reportó que 72% de los jóvenes de 13 a 17 años había utilizado compañeros de IA al menos una vez y 52% lo hacía regularmente. Un tercio los empleaba para interacción social y relaciones, incluyendo apoyo emocional; otro tercio había elegido hablar con una IA sobre asuntos serios en lugar de hacerlo con una persona. En 2026, otra medición encontró que más de uno de cada tres jóvenes que usan IA la había utilizado para hablar de sentimientos o problemas personales.
¿Por qué? Porque la IA está disponible las 24 horas, no parece juzgar y responde de inmediato. Puede ayudar a ordenar pensamientos. Ahí está su potencial: ser una herramienta de acompañamiento, no un sustituto de la compañía humana.
El problema aparece cuando confundimos empatía simulada con empatía humana. Un chatbot puede generar una respuesta cálida, pero no tiene conciencia, experiencia vital ni responsabilidad clínica. Puede equivocarse o pasar por alto señales de riesgo. Investigaciones de Common Sense Media y Stanford Medicine han advertido que estos sistemas no sustituyen la evaluación profesional ni la intervención en una crisis.
No se trata de demonizar la IA. Prohibirla tampoco resolverá la soledad juvenil. Padres, docentes y universidades deben unir alfabetización emocional y digital: explicar qué puede hacer la IA, qué no puede hacer y cuándo una conversación con una máquina debe detenerse para buscar ayuda humana.
En conclusión, la IA puede escuchar, pero no puede abrazar. Puede orientar, pero no asumir responsabilidad por la vida de quien le pregunta. Puede ayudar a poner en palabras lo que duele, pero nunca debería ser el último lugar al que acude un joven cuando necesita ayuda.
El problema no es que nuestros jóvenes hablen con máquinas; es que encuentren en ellas una disponibilidad que no hallan en su familia o comunidad. Esa es la alarma. La tecnología avanzará; nuestra responsabilidad es que la humanidad no quede atrás.
“La tecnología acompaña, la humanidad sostiene”.




