Multienfoque social: Paris arde: Cuando vivir se vuelve un lujo
Hoy el cielo está nublado y el ambiente es frío. A veces, las cosas simplemente no salen como quisiéramos; la esperanza se tiñe de gris y las circunstancias nos arrastran a un lugar en el que preferiríamos no estar. Sin embargo, aquí estoy.
La lluvia comienza a caer tímidamente, el aire se torna agresivo y la temperatura desciende. Pareciera que mi vida atraviesa las mismas condiciones climáticas: una confabulación del universo que insiste en alinearse en mi contra. Este pensamiento me lleva a cuestionar la justicia de la vida; no siento haber tomado decisiones tan erróneas como para merecer este presente.
La tormenta arrecia. Estoy frente a la lluvia y mis problemas se reflejan en cada gota que impacta el suelo, devolviéndome una imagen distorsionada de mí mismo. Siento el frío y dudo: ¿debo cruzar las calles inundadas o resguardarme bajo una marquesina a esperar que el tiempo mejore? Mientras los rayos iluminan el cielo y el trueno hace vibrar la tierra, por un instante parece que no hay más remedio que resignarse al sufrimiento.
¡Pero solo es una tormenta! He visto muchas desde la ventana, aunque hoy me ha tocado enfrentarla. Sentiré la lluvia y el frío, pero sé que llegaré a casa, a ese lugar mágico donde mi espacio está construido de recuerdos, momentos y amor. Debo comprender que el agua que cae es, en esencia, lo que alimenta la vida. Así ha sido desde siempre: aunque las hojas caigan, el agua garantiza que volverán a brotar.
Es momento de transformar nuestros pensamientos. Los problemas son similares a esta lluvia: nos revelan de lo que somos capaces y nos brindan la oportunidad de crecer, de soltar los miedos como si fueran hojas secas y de avanzar en nuestro proyecto de vida. Estamos ante una etapa de renovación y madurez, forjada —como el acero— a base de fuego y agua.
Fluyamos con la corriente. Dejemos que el destino se ocupe de lo que ha de venir y abandonemos la queja constante sobre lo incómodo que es caminar bajo la lluvia. Protestar no detendrá el temporal; aceptar lo que sucede, en cambio, nos permite dar lo mejor de nosotros. Solo así seguiremos avanzando, con la certeza de que, tarde o temprano, la tormenta pasará.
Dedicado a todos los que están lejos de casa o a quienes temen que la lluvia no deje de caer jamás.




