Multienfoque social: Paris arde: Cuando vivir se vuelve un lujo
Hubo una época en que el futuro era la mayor creación de la humanidad. Antes de ser una categoría cronológica, fue una forma de la esperanza. Los hombres edificaban templos que jamás verían terminados, sembraban árboles cuya sombra pertenecería a sus nietos y escribían libros confiando en que un lector desconocido, quizá nacido siglos después, encontraría en ellos una razón para seguir pensando. La historia avanzaba porque existía la convicción de que el mañana podía ser mejor que el ayer.
Hoy esa certeza parece haberse fracturado. Vivimos rodeados de dispositivos capaces de anticipar nuestros deseos, de algoritmos que predicen nuestros hábitos y de máquinas que procesan cantidades inimaginables de información; sin embargo, nunca habíamos sido tan incapaces de imaginar el porvenir. Sabemos con precisión qué ocurrió hace cinco minutos en cualquier punto del planeta, pero ignoramos qué mundo heredaremos dentro de treinta años. Hemos perfeccionado el arte de administrar el presente mientras renunciamos silenciosamente a construir el futuro.
Quizá esa sea la tragedia más profunda de nuestra época: no la pobreza, ni las guerras, ni la polarización política, sino la lenta desaparición del horizonte. Walter Benjamin escribió que el llamado progreso se parece a un ángel empujado hacia adelante por una tormenta mientras contempla, impotente, cómo las ruinas se acumulan a sus espaldas. Acaso nunca esa imagen resultó tan elocuente. Llamamos desarrollo a una carrera que consume bosques, agota la atención humana, convierte la conversación en mercancía y la memoria en un archivo prescindible.
Cada innovación promete acercarnos al mañana, pero muchas veces solo logra encerrarnos con mayor eficacia en el instante. Hemos confundido velocidad con destino y conectividad con comunidad; por eso habitamos un tiempo extraordinariamente comunicado y, al mismo tiempo, profundamente huérfano.
Los huérfanos del futuro no son únicamente quienes nacieron entre la precariedad o la violencia. También lo son quienes dejaron de creer que el esfuerzo puede transformar la realidad; quienes cambiaron la vocación por la supervivencia; quienes aprendieron a medir el valor de su existencia mediante cifras, estadísticas o pantallas luminosas. Son los jóvenes que contemplan el cambio climático como una sentencia antes que como un desafío; los estudiantes que ya no preguntan qué clase de sociedad desean construir, sino qué profesión les permitirá resistir la próxima crisis; los adultos que dejaron de hacer planes porque el mundo les enseñó que toda estabilidad es provisional.
La desesperanza rara vez hace ruido, sino que suele instalarse con la discreción del polvo sobre los muebles, hasta que un día descubrimos que hemos dejado de esperar algo distinto. Y cuando una civilización pierde la capacidad de imaginar, comienza a administrar su decadencia con admirable eficiencia. Ningún imperio cayó el día en que perdió una batalla; antes perdió la confianza en sí mismo. Ninguna cultura desaparece únicamente por invasiones o catástrofes; primero deja de contar historias sobre el mañana.
Tal vez por eso la tarea más urgente de nuestro tiempo no consista en fabricar máquinas más inteligentes, sino seres humanos capaces de volver a desear el porvenir. Porque el futuro nunca fue una herencia garantizada, sino una obra moral. Cada generación lo recibe incompleto y tiene la obligación de entregarlo menos oscuro de como lo encontró.
Si renunciamos a esa responsabilidad, no seremos recordados como la era de la inteligencia artificial ni de la exploración espacial. Seremos, simplemente, la generación que dejó huérfano al mañana.




