El IMSS: los derechos de los trabajadores también son derechos del pueblo
Paris es una ciudad que, en buena parte, representa de los ideales de la democracia moderna.
Pero en octubre de dos mil veintiséis, las calles francesas nos están mostrando una imagen muy distinta: todo comenzó con protestas estudiantiles contra el deterioro del sistema educativo; sin embargo, el diecisiete de octubre de dos mil veintiséis se convirtió en una movilización nacional mucho más amplia, contra el costo de la vida, los salarios insuficientes y un sistema económico que parece exigir cada vez más a quienes reciben cada vez menos.
Desgraciadamente también hubo violencia, incendios, enfrentamientos con la policía y saqueos a comercios.
El gobierno francés culpó de la violencia a grupos radicales de extrema izquierda, así como a criminales oportunistas que instigaron a la rapiña. Por otro lado, el presidente norteamericano Donald Trump y el ala republicana trataron de aprovecharse de la situación en pos de las elecciones de medio término, aduciendo que la violencia es causada por los inmigrantes musulmanes, para implantar una visión distópica de lo que podría pasar en Estados Unidos si el partido rojo pierde el poder.
Y si bien, no se niega que existan grupos radicales y personas que se aprovechan del caos para sacar provecho, no se puede deslegitimizar las protestas por estas actuaciones, por eso hay que preguntar ¿existen razones documentadas para que los ciudadanos franceses estén realmente molestos y salgan a la calle a protestar?
Y la respuesta es invariablemente que sí, pues el salario mínimo neto en Francia, según las cifras del Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos de Francia, es de aproximadamente 1,478 euros al mes (alrededor de 30,000 pesos mexicanos) puede sonarnos a una cifra bastante considerable; sin embargo, el elevado costo de vida en Francia enerva su poder.
El alquiler en una vivienda modesta en una zona periférica puede costar 700-950 euros al mes y en una zona intermedia entre 1000 y 1400 euros al mes, lo que se acerca al ingreso mensual completo de una persona que cobra salario mínimo.
Y si a lo anterior le sumamos los gastos esenciales como alimentación, luz, internet y vivienda, realmente una persona con un ingreso mínimo o muy cercano al mínimo no tiene mucho margen de actuación.
Y esto no es un problema exclusivo de Francia. Las dolencias mencionadas (que los servicios son de mala calidad, las viviendas impagables y en general malas condiciones de vida) se están extendiendo a una gran cantidad de países democráticos.
Así se devela la crisis de las democracias actuales. Desde hace décadas la política y los estados gobiernan por y para el capital financiero y no para la población.
Los mercados financieros carecen de regulación estatal e imponen sus propias reglas en beneficio de un puñado de accionistas. El mercado no se autoregula. Por eso el precio de la vivienda sube, porque muchas son acaparadas por inmobiliarias que las ven como un instrumento de rendimiento financiero. Por eso las tecnológicas espían y crean adicción, sin que nadie les diga nada.
Y al final, cuando llega la crisis, bajo el ideario del capital, los gobiernos toman acciones qué solo hunden más a su población. ¿No alcanza el presupuesto? Fácil, recorta a la educación y a los servicios sociales, impón más impuestos al salario, realiza más privatizaciones para que los precios de los servicios sigan subiendo, en lugar de taxar los grandes patrimonios o a las grandes corporaciones.
La economía debería ser un instrumento al servicio de la vida humana, no la vida humana un instrumento al servicio de la economía, y esa es quizá la pregunta más importante que nos dejan las protestas de Francia:
¿Seguimos organizando la economía para que las personas puedan vivir o estamos organizando la vida de la gran mayoría de las personas para que la economía siga creciendo?