Columna Descomplicado/Jorge Robledo
Con la frase “Que rico es ser latino” inició el show de medio tiempo del superbowl 2026, estelarizado por Bad Bunny.
El cual, estuvo lleno de simbolismos sobre la identidad, cultura y realidades puertorriqueñas y latinas, así como una referencia a las millones de manos latinas que sostienen la economía estadounidense.
Además, el show cerró con el mensaje “dios bendiga a América” pero con la connotación de América no como un país, sino como un continente en su mayoría latino.
El presidente Donald Trump calificó la presentación del boricua como una bofedata en la cara y uno de los peores de la historia, que no representa los estándares de éxito y excelencia de Estados Unidos.
Entonces, un cantante latino, con un repertorio totalmente en español liderando escenario más gringo del deporte, el espectáculo y el consumo, con la dura política anti inmigrante y nacionalismo agresivo actual de Estados Unidos, suena bastante subversivo… ¿no?
Si bien, la puesta en escena hizo referencia a las realidades latinas y puertorriqueñas, así como a la presencia latina en la economía y trabajos en Estados Unidos, está bastante lejos de ser una rebeldía auténtica.
Si, este tipo de rebeldía, a través de streaming y reflectores, es una disidencia que el sistema no solo tolera, sino que necesita.
Es a lo que algunos teóricos llaman transgresión incorporada. El sistema permite ciertos gestos rebeldes y pseudo críticas que funcionan como una válvula de escape ideológica. Permite expresar el malestar sin tocar las estructuras que lo producen.
Esto satisface la necesidad de transgresión de muchas personas de una manera segura para el orden establecido, pues una vez desahogada la necesidad de soliviantarse, la obediencia real se reinstala, el hiperconsumo y la indiferencia a la explotación o a las guerras continúa.
Después del show, nada cambió: ni las políticas migratorias de Trump, tampoco las deportaciones, menos el racismo estructural.
Pero no todo es malo. Porque la representación importa. Para millones de personas latinas, ver su cultura, su idioma y su realidad en el escenario más grande del mundo puede ser poderoso.
Para alguien que nunca se había cuestionado nada, este show puede ser la primera grieta.
Es obvio que el medio tiempo de Bad Bunny no fue una revolución o estrategia de toma del poder, un ícono del decolonialismo o un llamado a las armas, pero tampoco fue vacío. Fue una batalla simbólica y cultural, muy significativa en épocas de racismo y xenofobia que podría empezar a incomodar más allá del medio tiempo.
La pregunta ahora no es qué hizo Bad Bunny, sino qué hacemos nosotros con ese mensaje.
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