Puebla acumula feminicidios, homicidios y parricidios en el último lustro
“Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas”. - Mateo 6:24
La presidenta Claudia Sheinbaum envió al Congreso de la Unión una iniciativa de reforma constitucional para que quienes aspiren a la Presidencia de la República, a una gubernatura o a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México y tengan una segunda nacionalidad deban renunciar a ella antes de solicitar su registro como candidatos.
La iniciativa también plantea que, durante el ejercicio del cargo, no puedan adquirir o solicitar otra nacionalidad, utilizar documentos de identidad extranjeros, ejercer derechos políticos ante otro Estado ni acogerse a su protección diplomática. La propuesta ya fue aprobada en comisiones de la Cámara de Diputados, pero todavía no es una reforma constitucional vigente.
¿Realmente se están vulnerando los derechos políticos de millones de mexicanos o estamos ante una medida de seguridad y soberanía nacional?
La iniciativa ha sido cuestionada por opositores de la presidenta, quienes consideran que podría cerrar la puerta a mexicanos que poseen una segunda nacionalidad, particularmente a quienes nacieron o viven en Estados Unidos y mantienen vínculos económicos, familiares y culturales con México.
Desde el gobierno federal, el argumento es diferente: quien gobierna México debe tener como interés superior a México y no mantener una ciudadanía que pueda generar un conflicto de intereses con otro Estado. La propia presidenta Sheinbaum ha defendido que una persona puede tener doble o triple nacionalidad, pero que, si pretende gobernar México, debe renunciar a las demás.
Pero entonces surge una pregunta legítima:
¿Por qué la misma lógica no se aplicaría a secretarios de Estado, legisladores, jueces u otros funcionarios que también manejan información sensible y toman decisiones que afectan la soberanía nacional?
La iniciativa no plantea esa prohibición general. Se concentra específicamente en quienes encabecen los poderes ejecutivos federal y locales.
¿Nos ha gobernado algún presidente con doble nacionalidad?
Hasta ahora, no existe evidencia documental sólida de que México haya tenido un Presidente que haya ejercido el cargo manteniendo una segunda nacionalidad.
El caso más controvertido es Vicente Fox.
Fox nació en la Ciudad de México. Su madre, Mercedes Quesada Etxaide, era española, mientras que su padre, José Luis Fox Pont, nació en Irapuato, Guanajuato. Existe, sin embargo, una controversia histórica porque en el acta de nacimiento de uno de los hermanos de Fox, registrada en 1941, su padre declaró tener nacionalidad estadounidense. Posteriormente, documentos oficiales utilizados por el Tribunal Electoral acreditaron a José Luis Fox como mexicano por nacimiento y señalaron que en 1946 obtuvo un certificado de nacionalidad mexicana.
Por eso, no sería correcto afirmar que Vicente Fox fue un presidente mexicano con doble nacionalidad. Lo que sí existió fue una controversia sobre la nacionalidad de su padre y sobre los requisitos constitucionales para que Fox pudiera ser candidato.
Pero esto nos lleva a una cuestión mucho más profunda:
La lealtad no necesariamente está determinada por un documento.
Un ejemplo histórico es el Batallón de San Patricio. Durante la intervención estadounidense en México de 1846-1848, cientos de inmigrantes europeos —principalmente irlandeses y alemanes— que habían formado parte del ejército estadounidense desertaron y combatieron junto al Ejército mexicano. México los recuerda por su participación en la defensa del país, particularmente en la batalla de Churubusco.
Muchos de aquellos hombres no habían nacido mexicanos y, sin embargo, terminaron defendiendo militarmente a México frente al país cuyo ejército habían integrado.
La historia nos muestra, entonces, que la nacionalidad y la lealtad no siempre son la misma cosa.
Y México tiene otro ejemplo mucho más incómodo.
Durante la Guerra Fría existió una relación estrecha entre la CIA y altos funcionarios mexicanos. Documentos desclasificados y estudios posteriores han relacionado al expresidente Gustavo Díaz Ordaz con el programa LITEMPO de colaboración entre la CIA y funcionarios mexicanos. Investigaciones basadas en documentos desclasificados lo identifican como un “agente de apoyo” de la estación de la CIA en México.
Díaz Ordaz era mexicano. Nació en Puebla. No necesitaba una segunda nacionalidad para mantener vínculos con una potencia extranjera.
Entonces volvemos a la pregunta central:
¿La nacionalidad garantiza la lealtad?
La historia parece demostrar que no necesariamente.
Miremos ahora hacia otros países
El fenómeno tampoco es exclusivamente mexicano.
El presidente de Ecuador, Daniel Noboa, nació en Miami y posee nacionalidad ecuatoriana y estadounidense.
El presidente argentino Javier Milei recibió la ciudadanía italiana en diciembre de 2024, mientras ya ejercía la Presidencia de Argentina. La obtuvo por descendencia.
Y en Colombia, Abelardo de la Espriella asumió la Presidencia en 2026 teniendo ciudadanía colombiana, italiana y estadounidense. Durante la campaña, incluso tuvo que responder públicamente a cuestionamientos sobre si su triple nacionalidad podía representar un conflicto de lealtades. Él respondió que su compromiso era con Colombia.
Bernardo Arévalo, presidente de Guatemala, nació en Montevideo, Uruguay, durante el exilio de sus padres. La Constitución guatemalteca le permitió ser candidato por ser guatemalteco de origen, al ser hijo de padre guatemalteco.
Estos casos plantean una pregunta interesante:
¿Una persona puede gobernar legítimamente un país si jurídicamente también pertenece a otra nación?
También debemos cuestionarnos:
¿Cómo sabemos que el próximo Presidente de México no está recibiendo dinero de un gobierno extranjero?
¿La iniciativa de Claudia Sheinbaum busca proteger la soberanía nacional ante un riesgo real?
Ahora es momento de que me digas, querido lector:
¿A quién le debes tu lealtad?
¿Apoyas la iniciativa de Claudia Sheinbaum?