Nada personal
“Quien planta árboles está al lado de la eternidad.” — Joaquín Araújo
Hay visitas presidenciales que se recuerdan por la cantidad de personas que congregan, por las fotografías o por los discursos. La visita de la presidenta de México a Puebla este fin de semana debería recordarse por algo más: por las oportunidades y los retos que tenemos.
La mandataria federal vino a Puebla para hablar de vivienda, pero también para hablar de árboles. Vino a presentar la política de Vivienda para el Bienestar y, al mismo tiempo, desde la región Izta-Popo, encabezó el inicio de una Jornada Nacional de Reforestación que pretende convertirse en una política permanente.
En apariencia, ambos temas pertenecen a universos distintos. En realidad, son dos caras de la misma discusión: qué territorio queremos construir y qué territorio estamos dispuestos a destruir para hacerlo.
Y ahí es donde la visita presidencial deja más preguntas que respuestas.
El dato más importante de la jornada ambiental no es que Claudia Sheinbaum haya plantado un árbol frente a las cámaras.
Lo verdaderamente importante es que firmó un decreto para establecer el segundo domingo de agosto de cada año como el Día Nacional de la Reforestación.
En la jornada de este año participaron más de 241 mil personas. Se reportó la plantación de más de 6 millones de árboles, la siembra directa de más de 1.7 millones de semillas y la dispersión de más de 500 mil semillas mediante drones, en una superficie aproximada de 2 mil hectáreas.
Además, el Gobierno federal planteó una meta de producir y plantar 1,500 millones de plantas, árboles y semillas hacia 2030.
Las cifras son enormes. Y precisamente por eso debemos ser cuidadosos.
Porque una política ambiental no puede medirse únicamente por cuántos árboles se plantan en un día.
La pregunta es otra: ¿cuántos estarán vivos dentro de un año?
Si vamos a convertir la reforestación en una política nacional, necesitamos dejar atrás la vieja costumbre de contar árboles como quien cuenta ladrillos. Un árbol muerto sigue apareciendo en la fotografía oficial como un árbol plantado.
La verdadera unidad de éxito debería ser el árbol sobreviviente.
Mientras en la montaña se hablaba de restaurar ecosistemas, en Puebla se impulsa una de las mayores expansiones de vivienda social de los últimos años.
La meta estatal del programa Vivienda para el Bienestar se elevó a casi 75 mil viviendas, frente a una meta inicial de 48 mil 700. El incremento es de aproximadamente 53 por ciento.
La distribución anunciada contempla 45 mil viviendas del Infonavit, 20 mil de la Conavi y 9 mil 386 del Fovissste, con una inversión estimada de 44 mil 632 millones de pesos. El programa contempla además 104 mil empleos directos y 156 mil indirectos, y se estima que beneficiará a 125 mil personas y unas 35 mil familias.
No hay nada que cuestionar en el principio de garantizar una vivienda digna.
Al contrario.
Tener una vivienda adecuada es un derecho.
El problema es dónde, cómo y a costa de qué se construye.
Porque una casa puede resolver el problema habitacional de una familia y, al mismo tiempo, contribuir a crear un problema ambiental para toda una ciudad si se construye sobre áreas de valor ecológico, zonas de recarga, barrancas, áreas verdes, suelo agrícola o espacios que deberían funcionar como infraestructura ambiental.
Una vivienda no existe de manera aislada: necesita agua, drenaje, transporte, escuelas, calles, energía, áreas verdes y servicios públicos.
Construir 75 mil viviendas no significa solamente levantar 75 mil edificios. Significa modificar profundamente el territorio.
¿Dónde vamos a poner esas 75 mil casas?
Esta es la pregunta que debería acompañar cada anuncio de Vivienda para el Bienestar.
Necesitamos saber en qué predios se construirán, qué uso de suelo tienen, qué superficie natural será sustituida y cuántos árboles podrían ser removidos. También habrá que conocer el impacto sobre las barrancas, la disponibilidad de agua, la capacidad del drenaje y el transporte público que atenderá a sus habitantes.
Y, sobre todo, cómo se evitará que la política de vivienda termine alimentando la expansión urbana desordenada.
Porque si el Gobierno federal pretende plantar 1,500 millones de árboles mientras los gobiernos estatales y municipales permiten que cada año desaparezcan espacios naturales para convertirlos en fraccionamientos, estaremos intentando resolver con una pala lo que destruimos con una excavadora.
Reforestar es importante.
Pero conservar un ecosistema existente suele ser mucho más eficiente que intentar reconstruirlo después de destruirlo.
Un árbol adulto no equivale a un árbol recién plantado.
Por eso, si Puebla quiere convertirse realmente en referente nacional de restauración ambiental, debería comenzar por proteger aquello que todavía conserva.
La visita también tuvo una lectura política.
La presidenta y el gobernador de Puebla aparecieron juntos hablando de dos grandes temas de la agenda pública: bienestar social y medio ambiente.
La vivienda representa la promesa de bienestar material, y la reforestación representa la promesa ambiental.
Y en el discurso surgió la frase: “Gobernar es cuidar al planeta.”
Entonces habrá que tomarles la palabra.
Porque cuidar el planeta significa decidir correctamente dónde construir, proteger barrancas, evitar la destrucción de áreas verdes, cuidar las zonas de recarga, respetar el ordenamiento territorial, proteger árboles adultos y garantizar agua.
También significa diseñar ciudades donde una familia pueda tener una vivienda digna sin tener que vivir en una zona ambientalmente vulnerable.
La administración federal tiene ahora una oportunidad histórica.
Puede convertir la reforestación en una política de Estado.
Pero para hacerlo necesita superar la lógica de la fotografía.
México no necesita únicamente millones de personas con una pala durante un domingo de agosto. Necesita instituciones capaces de garantizar que esos árboles sobrevivan; municipios que protejan sus áreas verdes; estados que ordenen su territorio; desarrolladores que respeten los ecosistemas; ciudadanos que participen y gobiernos que entiendan que un árbol adulto no puede ser sustituido automáticamente por diez árboles pequeños plantados en otro sitio.
Claudia Sheinbaum vino a Puebla y dejó dos mensajes.
El primero: México va a reforestar.
El segundo: México va a construir vivienda.
Ambas cosas son necesarias.
Pero el verdadero éxito se medirá si somos capaces de hacer ambas cosas funcionen sin destruir lo que ya tenemos.
Porque sería una contradicción monumental que un gobierno construya miles de viviendas sobre espacios naturales y después pretenda compensarlo plantando árboles en otra parte.
Y si el segundo domingo de agosto será, desde ahora, el Día Nacional de la Reforestación, hagamos que también sea el día en que el gobierno tenga que responder una pregunta mucho más incómoda:
¿Qué estamos haciendo durante los otros 364 días del año para evitar que tengamos que reforestar lo que hoy estamos destruyendo?




