Picotazo Político: MORENA
Cada año, con la llegada puntual de las lluvias, las calles de nuestra ciudad se transforman en postales de la vulnerabilidad. Bastan unos minutos de tormenta para que los automóviles floten, el tráfico colapse y el agua comience a inundar comercios y hogares. La respuesta institucional y el lamento colectivo suelen ser los mismos de siempre: "Es que llovió de manera atípica" o "es que la gente tira mucha basura". Sin embargo, reducir las inundaciones y los encharcamientos severos a un asunto de mala suerte climática o simple civismo es ignorar el fondo del problema. Lo que vemos en las calles es, en realidad, el síntoma de un riesgo sistémico profundamente arraigado. Por un lado, es innegable la crisis de infraestructura. Gran parte de los sistemas de alcantarillado y drenaje de nuestras zonas urbanas responde a lógicas del siglo pasado. Crecimos en asfalto, pero no en capacidad de absorción ni de conducción. La planeación urbana ha priorizado históricamente el crecimiento gris sobre el verde, pavimentando zonas de recarga natural y dejando a las redes pluviales la titánica tarea de desalojar volúmenes de agua para los que simplemente no fueron diseñadas. A esto se suma el déficit en el mantenimiento preventivo: el drenaje no solo es insuficiente, muchas veces está colapsado por el olvido institucional que solo se acuerda de las alcantarillas cuando el agua ya llegó al cuello.
Por otro lado, la infraestructura más sofisticada del mundo es inútil si la convertimos en un basurero público. Aquí entra la urgente y necesaria autocrítica ciudadana. Toneladas de plástico, envolturas, hojarasca no gestionada y residuos de manejo especial terminan taponando las bocas de tormenta en cada aguacero. Lanzar una colilla o una botella a la calle parece un acto menor, pero multiplicado por miles de habitantes se convierte en un dique perfecto que estrangula el flujo del agua. La Gestión Integral del Riesgo de Desastres nos enseña que el riesgo se construye, y en este punto, la ciudadanía aporta activamente sus propios ladrillos.
Atribuir la culpa exclusivamente a la falta de conciencia social es una salida cómoda para las autoridades; del mismo modo, culpar únicamente al gobierno es evadir nuestra corresponsabilidad en el espacio público. Las inundaciones urbanas no son desastres naturales; son el resultado de una fórmula matemática donde confluyen una planeación obsoleta y una cultura de consumo y desecho irresponsable. Si queremos ciudades resilientes, el enfoque debe cambiar. Se requiere inversión urgente en infraestructura verde, sistemas de captación y rediseño de drenajes, pero también sanciones severas y programas educativos profundos sobre el manejo de residuos. Mientras sigamos barriendo la basura hacia la alcantarilla —literal y metafóricamente—, el agua seguirá recordándonos que el riesgo, tarde o temprano, siempre pasa factura.
Afrontemos la realidad: las alcantarillas no solo se saturan de agua; se saturan de nuestras propias decisiones cotidianas. Es cómodo apuntar el dedo hacia el palacio municipal cada vez que el agua inunda una avenida, pero es hora de aceptar que la negligencia gubernamental encuentra su complicidad perfecta en el incivismo de la acera. Cada botella de plástico lanzada por la ventana del auto, cada bolsa de desechos abandonada en la esquina “a ver si pasa el camión” y cada colilla arrojada con indiferencia es un boleto pagado para el próximo desastre. Exigir obras de primer mundo requiere, de manera obligada, comportarnos como ciudadanos del mismo nivel. Mientras sigamos barriendo la irresponsabilidad hacia la alcantarilla, el agua continuará cobrando la factura de lo que, por pura flojera o apatía, decidimos ignorar