Cohesión Social
Hernán Cortés ocupa un lugar incómodo en la historia de México, no solamente como conquistador, sino como símbolo de una ambición política y económica que aprendió a disfrazarse de diplomacia, evangelización y supuesto orden civilizatorio. Su llegada a las costas mesoamericanas en 1519 no fue el encuentro romántico entre dos mundos que durante siglos quiso narrar cierta historiografía imperial, sino el avance metódico de un proyecto de dominación sustentado en la astucia, la manipulación y la violencia calculada.
Las propias Cartas de relación de Cortés revelan a un hombre obsesionado con el reconocimiento de la Corona y con la obtención de riqueza. Su lenguaje hacia Carlos V está lleno de hipérboles sobre el oro, las ciudades y el potencial económico de Tenochtitlan. El conquistador entendió pronto que el relato era también una forma de poder: escribía para justificarse. Cada alianza indígena fue presentada como adhesión voluntaria; cada acto de brutalidad, como necesidad estratégica. Mentira sobre mentira.
Su relación con los pueblos originarios estuvo marcada por una profunda mala fe política. Cortés hablaba de amistad mientras utilizaba rivalidades internas para fracturar el equilibrio mesoamericano. Prometía protección y terminaba imponiendo sometimiento. La Malinche, figura compleja y trágica, fue convertida en instrumento lingüístico de una maquinaria de conquista que supo usar la palabra antes que la espada, aunque nunca dudó en recurrir a esta última.
El episodio de Cholula permanece como una de las pruebas más contundentes de esa lógica del terror. En octubre de 1519, Cortés ordenó la matanza de miles de cholultecas desarmados bajo el argumento de una supuesta emboscada preventiva. Diversas fuentes históricas contradicen parcialmente la versión cortesiana y muestran una masacre indiscriminada donde murieron civiles, sacerdotes y habitantes indefensos. La violencia no fue un exceso accidental de la Conquista, fue uno de sus métodos centrales.
La figura de Cortés suele ser reivindicada desde discursos de extrema derecha que exaltan el mestizaje como destino inevitable y civilizador. Sin embargo, esa lectura corre el riesgo de romantizar un proceso atravesado por saqueos, destrucción cultural y sometimiento político. Resulta particularmente absurdo que todavía hoy ciertos sectores políticos españoles —como ocurrió con Isabel Díaz Ayuso durante su visita a México— intenten presentar a Cortés como símbolo de modernidad o entendimiento cultural, ignorando deliberadamente la violencia estructural que acompañó la Conquista. Porque me parece ominoso creer las narrativas heroicas que minimizan el impacto devastador de la invasión española sobre las estructuras indígenas.
En esencia, el problema de Cortés no radica únicamente en haber conquistado un territorio, sino en haber inaugurado una forma de poder basada en la legitimación moral de la violencia. Su genio militar es inseparable de su capacidad para justificar el exterminio como necesidad histórica. Bajo esa lógica, la codicia podía llamarse evangelización; el saqueo, civilización; y la masacre, pacificación.
México no necesita demonizar a Cortés para comprenderlo críticamente. Basta leerlo con rigor histórico y sin fascinación colonial. Entonces aparece con claridad no el héroe renacentista que imaginó cierta tradición española, sino un hombre extraordinariamente astuto, sí, pero también profundamente ambicioso, manipulador y sanguinario.




