Nada personal
«Anunciando Apocalipsis, van de salvadores, y si les dejas te pierden, infaliblemente. Manipulan nuestros sueños y nuestros temores, sabedores de que el miedo nunca es inocente…» canta Serrat, y en esos versos —breves como una herida— cabe quizá toda una antropología de la obediencia. No es el miedo, en sí mismo, lo que debería inquietarnos, sino aquello que los hombres son capaces de edificar alrededor de él: templos para la culpa, tribunales para la intimidad, pequeñas teocracias donde la conciencia ajena es sometida a la liturgia de los que se creen puros.
Los macarras de la moral no son simplemente los hipócritas. La hipocresía, después de todo, conserva todavía la vergüenza de su máscara. Ellos han ido más lejos, han logrado convertir la impostura en identidad. No representan la virtud; se sienten propietarios de ella. Habitan esa región crepuscular donde el juicio moral deja de ser una interrogación sobre el bien y se transforma en una tecnología del poder. Su verdadera vocación no consiste en salvar al mundo de su corrupción, sino en conservar intacta la necesidad de ser salvado.
Hay algo profundamente sacerdotal en su gesto, incluso cuando reniegan de toda religión. Necesitan el pecado porque sin él desaparecería su oficio; necesitan al pecador porque el virtuoso profesional sólo puede existir frente a alguien a quien declarar impuro. De ahí su pasión por las fronteras invisibles: esto sí, aquello no; éste merece, aquél no; nosotros, los decentes; ellos, los otros. La moral se convierte entonces en una geografía de exclusiones y el lenguaje —ese delicado instrumento que alguna vez inventamos para aproximarnos al misterio— acaba convertido en una aduana.
Pero toda moral que exige demasiado fervor suele esconder una sospecha, la de no creer del todo en aquello que proclama. La virtud verdadera posee una discreción casi aristocrática. No necesita altavoces. No reclama testigos. No levanta actas de sus buenas acciones ni solicita el aplauso de la tribu. Hay en ella algo de la luz que entra por una ventana al amanecer, ocurre sin anunciarse. El moralista profesional, en cambio, necesita escenario. Su virtud tiene iluminación, público y enemigos.
Quizá por eso le teme tanto a la complejidad. El hombre complejo es una afrenta para cualquier sistema moral que necesite funcionar como maquinaria binaria. Un hombre puede ser generoso y mezquino, valiente y cobarde, lúcido y estúpido, capaz de una ternura infinita y, al mismo tiempo, de una crueldad que preferiría no recordar. Somos criaturas hechas de materiales incompatibles. Pretender una pureza absoluta no es una forma superior de humanidad, es, muchas veces, la negativa a reconocer nuestra condición.
Los macarras no soportan esa penumbra. Necesitan lámparas demasiado blancas. En su universo no hay crepúsculo: hay culpables. Por eso la duda les resulta intolerable. Dudar significa reconocer que el otro puede tener una razón; significa aceptar que nuestras convicciones quizá sean menos sólidas de lo que nos gustaría; significa, sobre todo, renunciar al privilegio de sentirnos moralmente superiores. Y pocas cosas embriagan tanto al ser humano como la certeza de ser mejor que otro.
Aquí comienza la parte más peligrosa del asunto. Porque el poder moral no necesita cadenas cuando consigue instalar un censor dentro del individuo. El hombre que teme ser condenado termina anticipando la condena; modera su palabra antes de hablar, corrige su deseo antes de desearlo, esconde su pensamiento antes de pensarlo. El vigilante deja de estar afuera. Se muda a la conciencia. Y entonces la dominación alcanza su forma más perfecta, aquella en la que el sometido confunde la obediencia con la libertad.
No es casual que los macarras de la moral prosperen en épocas de incertidumbre. Cuando el mundo pierde sus antiguas certezas, alguien aparece siempre dispuesto a vender nuevas. El miedo busca intérpretes. La multitud, fatigada de no saber, agradece a quien le ofrezca una respuesta simple para una realidad insoportablemente compleja. El demagogo moral conoce ese apetito y lo alimenta. Primero nombra la amenaza; después fabrica al amenazado; finalmente se ofrece como custodio de la salvación. Así se construyen muchas tiranías, no con la fuerza de una espada, sino con la comodidad de una certeza.
Y acaso sea éste el secreto más oscuro de los macarras, no quieren únicamente que obedezcamos; quieren que necesitemos obedecer. Porque un hombre que obedece contra su voluntad puede rebelarse. Pero un hombre que ha aprendido a desconfiar de sí mismo termina entregando voluntariamente las llaves de su conciencia.
Frente a ellos queda una tarea mucho más ardua que la indignación, conservar la interioridad. Defender ese territorio sin aplausos donde todavía podemos preguntarnos quiénes somos cuando nadie nos observa. Aceptar que la conciencia no es un pedestal sino un abismo; que la virtud no consiste en estar limpio de sombras, sino en aprender a reconocerlas sin convertirlas en patrimonio del prójimo.
Tal vez la verdadera dignidad consista en eso, en no necesitar un culpable para sentirnos justos. Porque los macarras de la moral no son peligrosos por conocer el bien. Son peligrosos cuando consiguen que creamos que ellos son sus únicos intérpretes.
Porque cuando la moral se convierte en instrumento de poder, la primera desobediencia no consiste en hacer lo prohibido. Consiste en dejar de tener miedo, «porque como los fantasmas, sin pausa y sin prisa, no son nada si les quitas la sábana».




