Cohesión Social
Esta noche alguien caminará por ciudades inexistentes, conversará con muertos, llorará por personas que jamás conoció y despertará convencido de haber vivido todo aquello. La pregunta no es por qué soñamos. La pregunta es mucho más perturbadora: ¿quién era ese "yo" que habitaba el sueño? Porque mientras dormimos aceptamos sin resistencia las leyes más absurdas: una casa puede ser el mar, un desconocido puede tener el rostro de nuestra madre, los años pueden comprimirse en un instante y un difunto puede hablarnos con la serenidad de quien nunca abandonó este mundo. Nada parece extraño. Lo verdaderamente extraño comienza cuando despertamos y creemos, sin mayor examen, que el hombre que abrió los ojos es más real que aquel que recorrió durante la noche un universo entero.
La filosofía ha sospechado desde hace siglos que el sueño no es un simple descanso del cuerpo, sino una grieta por donde asoma el misterio de la conciencia. Descartes hizo de esa sospecha el punto de partida de la modernidad. Si un sueño puede parecer tan convincente como la vigilia, ¿qué certeza tenemos de que este momento no pertenece también a otro sueño? La pregunta no pretendía sembrar una paranoia estéril, sino mostrar que la realidad nunca se ofrece desnuda; siempre está mediada por la conciencia que la percibe. Cada mañana despertamos convencidos de haber regresado al mundo, cuando quizá sólo hemos cambiado de escenario.
Schopenhauer escribió que la vida y los sueños son páginas del mismo libro. Leerlas por separado produce confusión; leerlas juntas revela una continuidad secreta. Tal vez por eso los sueños no sean una interrupción de la existencia, sino su laboratorio más íntimo. Allí desaparecen las jerarquías, las leyes físicas y las máscaras sociales. El juez puede convertirse en niño, el incrédulo puede rezar y el cobarde puede descubrir un valor que jamás mostró despierto. La identidad, que durante el día parece una fortaleza, se revela entonces como una arquitectura sorprendentemente frágil.
Freud creyó encontrar en los sueños el lenguaje cifrado del deseo. Jung vio en ellos símbolos que ningún individuo inventa por sí solo, imágenes antiguas que atraviesan culturas y siglos como si la humanidad compartiera un mismo subsuelo espiritual. Ambos, desde caminos distintos, coincidían en una intuición decisiva: mientras dormimos aparece alguien que no controlamos. No somos dueños absolutos de nuestra conciencia. Hay una región silenciosa que piensa, imagina y recuerda sin pedir permiso al sujeto que durante el día llama "yo" a su propia historia.
Borges llevó esa sospecha hasta uno de sus extremos más inquietantes. En varios de sus relatos el soñador termina descubriendo que él mismo es el sueño de otro. La idea parece fantástica hasta que advertimos que nuestra identidad depende de una narración continua. Somos el relato que nos contamos sobre nosotros mismos. Pero cada noche esa narración se interrumpe y otra voz comienza a escribir. En el sueño podemos tener otro nombre, otro cuerpo, otra edad e incluso otra moral. Sin embargo, al despertar, todas esas vidas son expulsadas como si jamás hubieran existido. ¿Y si no fueran menos verdaderas que ésta?
La neurociencia contemporánea añade un elemento todavía más desconcertante. Mientras soñamos, el cerebro es capaz de construir un universo completo sin necesidad del mundo exterior. Crea espacios, sonidos, rostros, conversaciones, gravedad, miedo y alegría utilizando únicamente la materia de la memoria y de la imaginación. El soñador y el paisaje pertenecen a la misma fábrica. El perseguidor y el perseguido son elaborados por la misma mente. El monstruo que nos aterra y el héroe que intenta salvarnos nacen de un único cerebro. Quizá la imaginación no sea una facultad secundaria, sino el mecanismo con el que toda realidad termina siendo experimentada.
Vivimos obsesionados con descubrir quiénes somos, como si la identidad fuera una roca inmóvil. Sin embargo, cada noche aceptamos convertirnos en alguien distinto sin oponer resistencia. Nadie se sorprende de hablar con los muertos, de regresar a la infancia o de llorar por una pérdida imposible. El sueño parece recordarnos que el ser humano no es una estatua, sino una corriente. Tal vez la conciencia no sea una unidad, sino un coro de voces que alternan el uso del mismo cuerpo.
Quizá nunca respondamos quién sueña cuando soñamos. Tal vez porque la pregunta presupone que existe un único soñador. Y acaso ese sea el error. Puede que la conciencia nunca haya sido un reino indivisible. Puede que cada noche, al cerrar los ojos, el ser humano demuestre sin advertirlo que no es una sola identidad, sino una multitud silenciosa que se turna para habitar el mismo cuerpo. Despertar no sería entonces regresar a la realidad. Sería apenas recuperar, durante unas horas, una de las muchas versiones posibles de nosotros mismos.




