El IMSS: los derechos de los trabajadores también son derechos del pueblo
Vivimos en una época que parece haber perdido la facultad de levantar la mirada hacia un horizonte compartido. Las antiguas promesas de emancipación se desmoronaron bajo el peso de sus derrotas; la política se convirtió, demasiadas veces, en simple administración del desastre, mientras el individualismo meritocrático redujo la existencia a una competencia silenciosa donde cada ser humano debe responder en soledad por su fortuna y su fracaso. Todo aquello que alguna vez reunió a las multitudes alrededor de una esperanza común ha sido fragmentado, calculado y puesto en circulación como mercancía. Sin embargo, en medio de este paisaje de ruinas, sobrevive un acontecimiento capaz de suspender por algunas horas la temporalidad ordinaria y devolver a millones de personas la certeza de pertenecer a una misma trama. Ese acontecimiento es el fútbol. El Mundial no elimina las divisiones del presente, aunque abre entre ellas una interrupción. Durante unas semanas, el tiempo deja de ser únicamente aquel de la productividad, la deuda y el consumo, para recobrar la forma antigua de la espera, el presagio y la posibilidad.
Walter Benjamin advirtió que la historia no avanza como una marcha triunfal hacia el progreso, sino como una acumulación de escombros sobre los cuales los vencedores levantan sus monumentos. También sabía que existen instantes en los que el pasado irrumpe sobre el ahora como un relámpago y permite contemplar de otra manera aquello que parecía definitivamente concluido. Algo de esa iluminación profana ocurre dentro del juego. Las comunidades que durante años permanecen dispersas, atravesadas por desigualdades y desencantos, se reconocen de pronto en una camiseta, una canción o la carrera de quien conduce la pelota hacia una zona todavía incierta. El estadio se convierte entonces en el recinto de una mitología popular que no ha sido redactada por sacerdotes ni reservada para las élites. Nace en las calles, los barrios, las fábricas, las sobremesas y la memoria transmitida de padres a hijos. Allí reaparece, aunque sea fugazmente, la facultad colectiva de esperar.
Reducir semejante ceremonia a espectáculo significaría desconocer la densidad histórica alojada en sus emblemas. Sobre el césped no comparecen solamente veintidós cuerpos sometidos a una regla. Entran también las lenguas, las migraciones, los naufragios, las viejas fronteras y las heridas que el orden establecido quiso ocultar. Ningún futbolista es responsable de las empresas coloniales de sus antepasados, pero las naciones jamás llegan a la cancha despojadas de memoria. Frantz Fanon desentrañó que el dominio imperial no termina con la retirada de los ejércitos, porque persiste en las imágenes mediante las cuales el sometido aprende a juzgarse inferior. Edward Said develó cómo Europa convirtió su experiencia particular en una medida aparentemente universal y relegó a los demás pueblos a la condición de variaciones incompletas de Occidente. El eurocentrismo no impuso únicamente una geografía del poder. Estableció, además, una jerarquía de la inteligencia, la belleza y el prestigio.
Este deporte reproduce semejante cartografía y, al mismo tiempo, la contradice. El dinero, los grandes clubes, la industria mediática y buena parte de la legitimidad competitiva se concentran en territorio europeo. Los talentos nacidos en el sur son adquiridos, ordenados y consagrados por las instituciones septentrionales, como si los márgenes sólo pudieran producir materia prima y necesitaran del norte para convertirla en obra. Pero la pelota conserva una rebeldía elemental. No reconoce imperios. Un pase imprevisto, una gambeta o un disparo surgido desde un ángulo imposible bastan para destruir la apariencia de un destino consumado. América Latina hizo de ese desvío una estética. Allí donde el mando exige una línea recta, el regate inventa una curva; cuando la disciplina pretende clausurar el movimiento, la imaginación abre un sendero; mientras el adversario cree dominar el espacio, aparece cierta libertad que sólo existe durante su ejecución.
Por eso la final entre España y Argentina contiene una resonancia que excede el resultado deportivo. No se trata de trasladar culpas antiguas a los hombres actuales ni de convertir la contienda en tribunal retrospectivo. España representa una escuela admirable, una inteligencia táctica que ha transformado profundamente la práctica contemporánea. Argentina, sin embargo, lleva consigo otra tradición. Encarna una periferia que convirtió el fútbol en una forma singular de imaginar el mundo, atravesada por el barrio, el potrero, el tango, la inmigración y cierta melancolía consciente de que toda hermosura está a punto de perderse. En su manera de disputar permanece una desobediencia, la negativa a admitir que la excelencia posea un solo domicilio y que el devenir humano deba narrarse siempre desde la antigua metrópoli.
Nada esencial cambiará cuando termine el encuentro. Las desigualdades continuarán, el orden económico seguirá distribuyendo el privilegio con su crueldad acostumbrada y ninguna copa podrá reparar las vidas destruidas por siglos de saqueo. Pero las sociedades también existen dentro de sus símbolos, y a veces una victoria figurada abre una fisura en la aparente eternidad de quienes triunfaron primero. Si Argentina levantara el trofeo, no habría derrotado a una nación contemporánea ni vengado mecánicamente el ayer. Habría interrumpido, durante un instante, la antigua narración que reservó al continente europeo el monopolio de la grandeza. Cada conquista de los confines, por efímera que parezca, desordena el archivo de la autoridad. Acaso esa sea la promesa secreta del balompié, recordarnos que el curso de los siglos nunca pertenece definitivamente a quienes redactaron primero sus crónicas, sino también a quienes, desde las orillas, encuentran la manera de corregirlas con la obstinación de un balón.