Notas para un lector improbable
Los museos, universidades e instituciones fueron por mucho tiempo, los detentores del arte, el conocimiento y la ciencia. Conceptos tan antiguos como modernos. Sin embargo, hoy en día, resulta fascinante, el surgimiento esporádico de miles de expertos. Personas que han salido de la nada para ofrecernos datos aislados, micro historias y hechos fantásticos con tal de atrapar nuestra atención por unos treinta segundos. Cualquier tema, cualquier cosa, por insignificante que sea, es motivo y materia de conocimiento. Esto obedece a nuestra naturaleza inquisitiva y la incesante búsqueda de respuestas, la obsesión demencial del raciocino.
¿Importa acaso un artista emergente o una nueva novela?
La creatividad y la cultura, alma fundacional de los museos, nunca se había presentado en esta faceta de aplastante vastedad y ligereza absoluta, en donde ya no cabe el encumbramiento de las artes, a pesar de que sigan proliferando espacios dedicados a las mismas. Los espacios físicos reemplazados por una vitrina diminuta por la que pasan cada uno de ellos en ese desfile de los sentidos, ofreciendo un asomo a su microcosmos interno. Pero nada dura. Tal vez ahí radica también parte de su belleza. No obstante, todo sirve de comidilla, todo es alimento para las mentes curiosas que no tienen otra opción que la regurgitación de datos, despellejando la piel de la historia, desmintiendo los hechos y cuestionando los resultados. Si bien esto no es nuevo, ahora aparece ante nuestros ojos, como una manifestación recalcitrante de la colectividad de consciencias que están buscando sin cuestionárselo demasiado, cómo darle sentido a su vida. Nada escapa a la naturaleza humana, por lo tanto todos nos convertimos en objeto de estudio.
Se ha terminado la experiencia plástica de lo que nos ofrece una imagen sublime. La necesidad de comunicar nuestro mundo interno, nos rebasa. Ya sea que pasemos años escribiendo cuentos, novelas o ensayos, o que invitemos a nuestro mejor amigo a iniciar un podcast porque hay algo de lo que no se está hablando. El tema no importa. Antes, era claro que ciertas doctrinas, ideas e historias, dictaban la narrativa y se mantenía una relación vertical con aquellos autores, con la religión y con la ciencia, las divisiones eran claras. Sin embargo, ahora vemos una realidad tan diversa como homogénea. Ahora los expertos se han encargado de echar luz sobre todas las realidades posibles. Una persona de cuyo nombre no puedo acordarme, nos explica a detalle la geografía de un lugar que jamás veremos, nos enfrentamos a un sin fin de datos para los que no tenemos un verdadero uso. Todo se convierte en el ruido del mundo.
El Museo de Bolsillo ofrece una pausa, una ventana hacia una obra, una pintura, un libro quizás, una escultura que esconde una historia y si esta no ofrece solución a los problemas de nuestra vida, será sólo el deleite de la danza de las palabras, la pirotecnia de la reflexión. En este museo no hay expertos, sólo historias que discurren en el caudal infinito de las redes, una realidad inmaterial que ya es tan nuestra que no podemos separarnos de ella y de sus delicias digitales. Este bacanal vertiginoso, nos ofrece la tambaleante seguridad de que allí se encuentra una respuesta, algo que nos dé sentido. Ya sea un descubrimiento o una invención, el camino comienza con la primera letra: a de Arte.
-0-




