Notas para un lector improbable
Atrás han quedado los siglos que nos legaron obras monumentales como la Capilla Sixtina y las imponentes pinturas de Miguel Ángel, los Cristos de Caravaggio o La última cena de Leonardo da Vinci, por mencionar a los referentes más conocidos de Occidente. También parecen distantes los Budas de las distintas tradiciones asiáticas o la intrincada geometría sagrada del Medio Oriente. Sin embargo, el camino del arte ha atravesado un tortuoso proceso de reinvención, llegando en ocasiones a extremos banales donde todo es digno de representación y, por lo tanto, condenado al olvido inmediato.
Sin entrar en la compleja dilucidación de lo que constituye verdaderamente una "imagen sagrada" —concepto que varía según la cultura y el individuo— es innegable que esta búsqueda persiste en pleno siglo XXI. En fechas recientes, surgió una intensa controversia por el cartel de la Semana Santa de Sevilla 2024. La representación de Jesús fue duramente criticada por sectores que la consideraron “afeminada”, “poco masculina” o incluso “sexualizada”. La obra ofrecía un Cristo que no sufre, de apariencia juvenil, tez lívida y una estética marcadamente atractiva. Más allá de la discusión teológica, lo interesante es cómo la imagen sagrada se convirtió nuevamente en un objeto de análisis cultural, político e ideológico. Mientras que los grandes maestros renacentistas parecen exentos de dicha polémica y gozan de una alabanza universal, nos preguntamos: ¿sigue siendo válida hoy esa búsqueda de lo divino a través del pincel?
En este panorama destaca Alex Grey, pintor estadounidense cuya carrera despegó en los años 70 bajo la influencia del movimiento psicodélico. Una de sus series más trascendentales es La progresión del alma (Progress of the Soul), donde retrata la historia y anatomía del ser humano a través de distintas eras. Grey se enfoca, sobre todo, en el desarrollo y despertar de la consciencia, desde sus etapas primitivas hasta la trascendencia moderna.
Aunque su influencia proviene directamente de filosofías budistas y religiones dhármicas, el atractivo del trabajo de Grey reside en que no se limita a la representación anatómica de huesos, nervios y órganos. Su obra integra canales energéticos en un lenguaje universal que no se casa con ninguna religión específica; se transforma en un espejo que refleja a todos los seres, sin importar a qué dios dancen o recen. En su cosmovisión, el acto de pintar y producir imágenes a través de la energía del universo es, en sí mismo, el ritual sagrado.
Esta filosofía derivó en 1996 en la fundación de la Capilla de los Espejos Sagrados (Chapel of Sacred Mirrors, CoSM). El proyecto, que desde 2009 funciona como un museo público, propone un templo donde el espectador puede observar, a través del arte, los niveles en los que se descompone el alma: desde la materia —huesos, carne y piel— hasta la representación energética purificada.
Aunque sea complejo determinar si su obra cumple con los requisitos canónicos de la pintura sagrada, es evidente que existe en ella una búsqueda genuina por la expresión divina y la elevación del espíritu humano. Su trabajo, reconocido en recintos como el MoMA y popularizado por sus colaboraciones con bandas como Tool y Beastie Boys, o sus intervenciones en el festival Burning Man, demuestra que la búsqueda de estas imágenes no ha desaparecido; su manifestación persiste en las formas más inesperadas.




