Cohesión Social
En nuestro día a día, nos encontramos con pequeñas situaciones que pueden modificar nuestro estado de ánimo. Ya sea para bien, como encontrar un billete olvidado en tu pantalón o coincidir en la calle con una persona que quieres mucho y que hacía tiempo no veías. Esas sorpresas pueden darte un momento agradable y hacer que la rutina se rompa, permitiéndote avanzar de una forma distinta, logrando que la energía que irradias sea contagiosa.
¿Recuerdas cuando alguien te miró, te regaló una sonrisa y tú la respondiste? Tal vez no cruzaron palabra, pero sonreíste involuntariamente. Los pequeños gestos pueden hacer el cambio en alguien.
Sin embargo, también puede suceder para mal. El estrés puede hacer que la gente camine enojada, y la preocupación evita que pongamos atención a los pequeños gestos que otros nos regalan. Estamos tan metidos en ese mundo de pesadumbre, que lo demostramos con nuestra actitud.
¿Te ha pasado que tienes prisa y la persona de adelante avanza lento? Esa sensación de querer empujarla o quitarla del camino alimenta nuestra mente y, a veces, nos hace odiar por un instante a la humanidad entera. Cuando al fin se aparta y podemos pasar, nuestra frustración nos hace murmurar palabras que enfatizan ese momento tan desesperante.
Imagina que esas palabras que llegaron a tu mente se las dices en voz alta. Si la persona tiene un buen día, es posible que te vea con extrañeza y siga su camino; pensará que la prisa es tuya, no de ella, y cada quien continuará con lo suyo.
Ahora imagina que tiene un mal día, al igual que tú. En el momento en que le mencionas lo que sientes respecto a que no es considerada con los demás, responde a tu comentario con un insulto directo. Sí, lo que piensas es correcto: la situación aleatoria y el destino de dos personas que tal vez nunca se encontrarían, se conjugan en el lugar y momento equivocados como una mezcla química ultrasecreta. Por pura casualidad, esta mezcla provoca un incendio en progreso, porque ahora la cosa es personal.
Es el preciso instante en el que encontramos a alguien por cuyos sentimientos no nos importan, a quien no le tenemos consideración; se convierte en la persona idónea para sacar nuestra ira. Es quien va a pagar los platos rotos de lo que sentimos que nos deben. Así, nos enganchamos en una pelea que no buscábamos, pero que encontramos y decidimos enfrentar.
Ahora pregunto: ¿y la prisa? En ese momento ya nada importa. Los sentimientos de supervivencia y dignidad están a flor de piel. Queremos ganar y, si ya empezamos, seguimos hasta que alguien se rinda. Nos podemos aferrar a los insultos o llegar al contacto físico. Y cuando todo termina y comenzamos a ver los estragos de nuestro comportamiento, ¿ahora qué hacemos?
Tendremos que pagar las consecuencias de nuestros actos, y la otra persona también responderá por lo que hizo. Pero, si en ese momento llega la policía y advierte que esta riña solo procederá si las partes lo desean, y al ver que en este caso no hay nadie lastimado más que el orgullo... es muy probable que mires a la otra persona, compartan una mirada de complicidad y le digan al oficial: "Lo sentimos, fue solo un malentendido".




