Cohesión social
En la búsqueda de nuestra tranquilidad, a veces tomamos un camino peligroso. Es un sendero que seguramente ya hemos recorrido: un destino desagradable, lleno de intriga, incertidumbre y problemas ajenos. ¿Cómo llegamos ahí? De forma inocente. Confiamos en los demás para interpretar el mundo.
Generalmente, percibimos la realidad basándonos en nuestros propios sentidos, valores y la educación recibida en casa, buscando siempre la armonía con nuestro entorno. Sin embargo, ¿qué sucede cuando nos cruzamos con personas cuya existencia se basa en el conflicto? Son aquellas que hacen una tormenta en un vaso de agua, que señalan despectivamente los errores ajenos y que exigen, con aires de superioridad, que todos compartan su visión. Si no lo haces, te conviertes en víctima de sus reproches e indiferencia, obligándote a defenderlas solo para evitar que el problema recaiga sobre ti.
El peligro real surge cuando adoptamos su narrativa sobre hechos en los que no estuvimos presentes. Estas personas nos cuentan su versión, matizada por sus propios prejuicios y supuestos agravios. Nos llenan de ira al describir la "maldad" o "insensibilidad" con la que fueron tratadas. Así, nuestra realidad se altera: creamos un enemigo imaginario que no nos ha hecho nada, pero a quien ya despreciamos.
Al encontrarnos con este "villano", nuestra actitud es defensiva. Estamos con la espada desenvainada, listos para atacar. Le hablamos mal, usamos la ironía y lo maltratamos en nombre de una falsa justicia. Pero entonces, algo se rompe: la "víctima" no reacciona con violencia. Al contrario, nos sonríe con desconcierto o nos mira intentando comprender nuestra hostilidad. Esa reacción es una cachetada con guante blanco.
En ese instante, nuestros sentidos —cegados por la visión ajena— despiertan. Nuestros valores reclaman y la vergüenza nos golpea. ¿Qué hacemos ahora? ¿Confiamos en lo que vemos con nuestros propios ojos o nos aferramos al chisme y bloqueamos nuestro sentido común?
La decisión definirá nuestro destino. El primer camino nos devuelve la tranquilidad basada en nuestros principios. El segundo nos condena al aislamiento y a la búsqueda eterna de cómplices para nuestras tormentas emocionales; una vida de luchas de poder donde dejamos cadáveres emocionales en el camino y jamás encontramos la paz.
Y tú, ¿confiarás en tus propios sentidos o seguirás viendo el mundo a través de los ojos equivocados?




