Notas para un lector improbable
La caída de Nemesio Oseguera Cervantes no debe interpretarse únicamente como un episodio de seguridad, sino como la desarticulación abrupta de un conglomerado criminal que operaba con lógica empresarial. El abatimiento del líder del CJNG el 22 de febrero marca el cierre de una estructura que, más allá del narcotráfico, funcionaba como un sistema paralelo de financiamiento y circulación de efectivo. Más que un capo tradicional, Oseguera construyó un emporio ilícito con alcances transnacionales, acumulando una fortuna estimada en más de mil millones de dólares bajo esquemas propios de una corporación sofisticada.
El primer efecto económico es un choque de liquidez. Durante años, el grupo inyectó recursos en comercios, servicios, agroindustria y operaciones inmobiliarias a través de redes de lavado. Su interrupción genera un vacío inmediato de circulante que impacta directamente en la economía local. Los datos preliminares lo reflejan: caídas de hasta 65% en ventas en el sector restaurantero, cierres anticipados en centros históricos y pérdidas industriales que superan el millón de dólares por turno en empresas de gran escala.
La incertidumbre también eleva el costo operativo. Ante escenarios de violencia o bloqueos, las aseguradoras recalibran riesgos, aumentan primas y encarecen la logística. Este efecto termina trasladándose al consumidor en forma de precios más altos. La inseguridad, en términos económicos, opera como un impuesto adicional sobre la actividad productiva.
Para el capital, el riesgo no está en el operativo en sí, sino en lo que sigue. La fragmentación del grupo puede detonar disputas por territorios que incrementen los costos permanentes de seguridad, transporte y operación. El inversionista no evalúa la reacción inmediata del Estado, sino su capacidad para garantizar estabilidad sostenida en corredores logísticos y zonas de actividad económica.
El desafío de fondo es financiero. El CJNG desarrolló un ecosistema de empresas fachada con presencia en bienes raíces, energético, agroindustria, comercio exterior y servicios. Desmantelar esa red es clave no solo para combatir el lavado, sino para evitar distorsiones de mercado que afectan la competencia y debilitan al empresario formal.
Sin duda, la acción del Estado envía una señal de firmeza que fortalece la posición de México ante sus socios comerciales. Sin embargo, los mercados no reaccionan a los golpes espectaculares, sino a la estabilidad posterior. La historia económica muestra que la reconfiguración de mercados ilícitos suele venir acompañada de volatilidad y costos de transición.
La verdadera prueba no es el operativo, sino la capacidad de transformar un éxito táctico en estabilidad económica sostenida. En un entorno global cada vez más sensible al riesgo, la competitividad del país dependerá de algo más que operativos exitosos: dependerá de que la seguridad se traduzca en certeza para producir, invertir y crecer.
Mtro. Ricardo Herrera




