Cohesión Social
Las redes sociales han creado personajes que hace apenas veinte años habrían quedado en la anécdota familiar o en la memoria de unos cuantos testigos. Hoy, gracias a un teléfono celular y una conexión a internet, una conducta arrogante puede convertirse en noticia nacional en cuestión de horas. Así nacieron las famosas “Ladies”: Lady Profeco, Lady Basura, Lady Frijoles, Lady Aurrera, Lady Tepito y una larga lista de apodos que forman parte del imaginario colectivo mexicano. Distintas historias, pero casi siempre con un elemento en común: el desprecio hacia los demás.
El fenómeno ha alcanzado niveles cada vez más preocupantes. Hace unos días se viralizó el caso de una mujer detenida en San Andrés Cholula tras los festejos del partido inaugural de la Selección Mexicana. Más allá de los señalamientos sobre un presunto uso excesivo de la fuerza y de la presencia de sus hijos menores durante el incidente, la conversación pública tomó otro rumbo tras difundirse diversos videos.
En ellos, la involucrada no solo insulta y descalifica a los agentes por su condición socioeconómica, sino que presume supuestos vínculos con integrantes de la delincuencia organizada para evadir las consecuencias de conducir en estado de ebriedad. Corresponderá a las autoridades realizar las investigaciones y determinar las responsabilidades legales. Sin embargo, las imágenes exhiben algo más profundo: un discurso marcado por el clasismo, el desprecio y una preocupante evolución del influyentismo, donde el miedo y la sombra del crimen se utilizan para intentar colocarse por encima de la ley.
No es un caso aislado. Años atrás, la polémica protagonizada por Claudia Mollinedo, conocida como “Lady Polanco”, provocó una reacción similar. La indignación no surgió por haber sido invitada a retirarse de un restaurante después de su horario de cierre, sino por la manera en que exhibió públicamente a trabajadores que cumplían con su labor. En ambos casos, el denominador común es el mismo: la convicción de que algunas personas merecen un trato privilegiado y que quienes prestan un servicio o ejercen autoridad ocupan una posición inferior.
Detrás de estos episodios aparece el mismo patrón: quienes trabajan y sirven a los demás suelen convertirse en el blanco más fácil de la humillación.
Vivimos en un país que presume solidaridad y cercanía, pero conserva profundas barreras de clase. Aún existen quienes creen que el respeto depende del cargo, la colonia donde se vive, el automóvil que se conduce o las influencias que se ostentan. Las redes sociales han cambiado esa ecuación. Hoy cualquier ciudadano puede documentar y exhibir conductas que antes pasaban inadvertidas. Una cámara encendida puede derrumbar en minutos una reputación construida durante años. El privilegio ya no garantiza impunidad.
Porque nadie se convierte en “Lady” por un error fortuito. Se convierte en “Lady” cuando la arrogancia le hace creer que existen ciudadanos de primera y de segunda. Y en una sociedad que aspira a ser democrática y justa, esa idea merece ser exhibida, cuestionada y rechazada.




