Una década de feminicidios que alcanzaron a universitarias en Puebla
PUEBLA, Pue., 7 de octubre de 2026.- La violencia feminicida en Puebla mantiene un patrón estructural e histórico que se refleja tanto en los asesinatos de mujeres como en los espacios donde ocurren, mientras que algunas zonas de la entidad continúan representando un mayor riesgo, advirtió Ana Laura Gamboa Muñoz, responsable del Observatorio de Violencia Social y de Género de la IBERO Puebla.
De acuerdo con el observatorio, durante el año se han documentado 44 probables feminicidios, cifra que supera los 32 casos registrados durante todo 2025. Para estas mismas fechas del año pasado, entre el 6 y el 8 de octubre, se contabilizaban 29 casos, por lo que el incremento evidencia la continuidad de la violencia feminicida en el estado.
La especialista señaló que los casos no pueden analizarse únicamente como hechos aislados, pues forman parte de un fenómeno relacionado con una cultura machista y patriarcal, en la que persisten dinámicas de control, dominio y posesión sobre las mujeres.

Gamboa Muñoz explicó que la distribución territorial de los casos también permite identificar zonas donde la violencia feminicida se concentra. La región de Angelópolis registra el mayor número de casos, seguida por la Sierra Nororiental y la Sierra Norte.
Actualmente, la Alerta de Violencia de Género contra las Mujeres permanece activa en 50 municipios de Puebla, lo que refleja que las condiciones de riesgo no se encuentran únicamente en una zona específica de la entidad.
Las víctimas tienen una edad promedio de 32 años, aunque los casos documentados abarcan desde niñas de nueve años hasta mujeres de 72 años.
Además, en 37 por ciento de los casos se han identificado tratos crueles, inhumanos o degradantes antes del asesinato, entre ellos golpes, asfixia, degollamiento o tortura. En otros casos también se han registrado distintas formas de violencia sexual.
La mayoría de los agresores, agregó la especialista, son hombres conocidos por las víctimas o sus propias parejas sentimentales, situación que evidencia que el riesgo no necesariamente proviene de personas desconocidas o de espacios considerados tradicionalmente peligrosos.

En este contexto, Gamboa Muñoz consideró necesario dejar de entender la violencia feminicida únicamente a partir del momento en que se localiza el cuerpo de una mujer asesinada.
El caso de María Fernanda Orozco Suárez, de 24 años, localizada sin vida al interior de un departamento en San Andrés Cholula y cuyo asesinato es investigado como feminicidio, generó exigencias de estudiantes y organizaciones para que las autoridades esclarezcan los hechos con perspectiva de género.
Por el caso fue detenido su pareja sentimental, identificado como Bryan Alexandro “N”, quien también habría estudiado en la UDLAP.
Para la académica, hechos como este deben llevar a cuestionar qué ocurrió antes del feminicidio y si existieron señales de violencia que pudieron ser detectadas y atendidas oportunamente.
“Prevenir el feminicidio y la violencia contra las mujeres no empieza cuando se encuentra a una mujer asesinada o se encuentra un cuerpo con violencia”, señaló.
La prevención, explicó, comienza cuando una mujer pide ayuda, cuando una amiga o familiar identifica que una mujer ha comenzado a aislarse, dejó de realizar actividades que acostumbraba o enfrenta dinámicas de control dentro de una relación.
Por ello, llamó a fortalecer las redes de acompañamiento sin culpar o estigmatizar a las víctimas, además de ofrecer alternativas concretas como apoyo psicológico, orientación jurídica, resguardo de documentos, alojamiento seguro y acompañamiento para denunciar, dependiendo de cada situación.

La responsable del Observatorio de Violencia Social y de Género señaló que las expresiones extremas de violencia también deben analizarse desde las masculinidades y los mandatos sociales que asocian el hecho de “ser hombre” con el poder y la dominación.
Explicó que los celos, el control y las ideas de posesión pueden llegar a expresarse bajo una lógica de “eres mía y si no eres mía, no eres de nadie más”.
A ello se suman discursos de odio difundidos en espacios digitales, incluidas comunidades identificadas como parte de la llamada “machosfera”, donde se reproducen narrativas misóginas y se presenta de manera equivocada la defensa de los derechos de las mujeres como una amenaza para los hombres.
Ante ello, consideró indispensable trabajar desde la infancia en la deconstrucción de estereotipos de género, la resolución no violenta de conflictos y la educación sobre consentimiento.

Gamboa Muñoz señaló que el Estado tiene la responsabilidad principal de garantizar a las mujeres una vida libre de violencia, por lo que debe fortalecer las fiscalías y cuerpos policiales, emitir órdenes de protección efectivas y realizar investigaciones con perspectiva de género.
También pidió activar de manera inmediata los mecanismos de búsqueda de mujeres desaparecidas, como el Protocolo Alba, sin recurrir a la idea errónea de que es necesario esperar 72 horas para iniciar la búsqueda.
La información obtenida de las carpetas de investigación, agregó, debería utilizarse para identificar perfiles y contextos de mayor riesgo y diseñar estrategias de prevención específicas.
En cuanto a las universidades, consideró necesario fortalecer los protocolos institucionales, las unidades especializadas y los mecanismos de acompañamiento psicosocioemocional para estudiantes, docentes y trabajadoras.
Las instituciones educativas también deben funcionar como espacios para detectar señales de alerta, desnaturalizar la violencia y permitir que las jóvenes conozcan sus derechos y las alternativas disponibles cuando enfrentan una relación violenta.
“La prevención tendríamos que hacerla parte de ella y, sin duda, una vez más, fortalecer los mecanismos de atención, tanto del Estado como también protocolos institucionales en escuelas, primarias, universidades”, concluyó.
La especialista insistió en que visibilizar los feminicidios no debe limitarse a contabilizar mujeres asesinadas, sino servir para identificar los contextos de riesgo, atender las señales previas y transformar las condiciones sociales que permiten que la violencia escale hasta convertirse en un crimen feminicida.





