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PUEBLA, Pue., 17 de mayo de 2026.- Este 17 de mayo de 2026, se cumplirán 163 años de la finalización del Sitio de Puebla, el cual duró del 16 de marzo al 17 de mayo de 1863. El asedio fue impuesto por el Ejército francés, comandado por el general de División y senador Élie-Frédéric Forey, héroe de la Guerra de Crimea.
Tras 62 días de férrea y heroica defensa por parte del Ejército de Oriente, comandado por el general zacatecano Jesús González Ortega, éste tuvo que rendir la ciudad por falta de víveres y municiones. El militar fue el sucesor de Ignacio Zaragoza como cabeza del citado contingente militar a la muerte de este.
Posterior a su derrota en la batalla del 5 de mayo de 1862, las fuerzas francesas se replegaron hacia Veracruz con la finalidad de prepararse para una segunda incursión en el territorio mexicano.
Allí, sin temor de ser atacadas por las mexicanas, aguardarían los refuerzos que en su auxilio les enviaría el emperador Napoleón III desde el continente europeo.
Forey tuvo un aumento de efectivos considerable, ya que de los seis mil hombres que participaron el 5 de mayo de 1862, para enero del año siguiente se habían incrementado a 28 mil 126 efectivos, 5 mil 845 caballos, 549 acémilas y 50 bocas de fuego.
Cabe mencionar que de ese contingente, 26 mil 300 eran soldados, a quienes se les sumaron dos mil 300 conservadores que se pusieron bajo sus órdenes, y 56 piezas de artillería. Las fuerzas conservadoras aliadas de los franceses ascendían a mil 300 hombres de infantería, mil 100 de caballería y 50 artilleros.
El Ejército francés estuvo formado por dos divisiones de infantería, una brigada de caballería, y el material de sitio, reservas de artillería y todos los servicios administrativos requeridos.
Luego de su integración, el ejército expedicionario podía seguir dos caminos para llegar a Puebla, su objetivo. El primero por Orizaba y el segundo por Jalapa. El general Forey determinó que el ejército se dividiera en dos fracciones: una debía seguir el camino de Orizaba y la otra el de Jalapa.
Todo estaba listo para emprender las operaciones sobre Puebla. Todo se había hecho con precaución. Nada se dejó al azar.
El general Forey trasladó su cuartel general al municipio de Quecholac, a donde reunió una junta de guerra que discutió las maneras de efectuar el ataque.
El avance de las tropas francesas desde Veracruz hasta la altiplanicie no tropezó con más obstáculos que los de la naturaleza y algunas guerrillas que dificultaron sólo un poco la marcha.
Para la defensa de Puebla, González Ortega tenía dos alternativas: hostilizar al enemigo en Orizaba y obligarlo a replegarse a la costa o atrincherarse en Puebla y esperar ahí a los franceses. Eligió la segunda opción.

La intención del general mexicano era resistir el ataque enemigo el mayor tiempo posible con el fin de desgastarlo y que la llegada de la temporada de lluvias lo obligara a abandonar el sitio y replegarse a la costa.
En la contraparte, la estrategia planteada por el jefe del Ejército francés, general Forey, no fue del agrado del ministro Dubois de Saligny, quien insistía en avanzar directamente a la ciudad de México. Al parecer, la insistencia de Forey por tomar Puebla se debió al deseo de vengar la afrenta recibida el 5 de mayo del año anterior.
El 19 de marzo, el general Forey estableció su cuartel general en el cerro de San Juan, de la ciudad de Puebla. Uno de los puntos descuidados por las fuerzas nacionales.
A par, se puso en marcha el plan de fortificación adoptado por Zaragoza, que consistió en la construcción de un sistema de fuertes y en fortificar cuatro zonas de manzanas. Los fuertes fueron nueve: Guadalupe, Loreto, Demócrata, Iturbide, Morelos, Hidalgo, Ingenieros, Remedios e Independencia. Las fortificaciones fueron edificadas sin muchos recursos.
El ingeniero militar coronel Joaquín Colombres fue quien habilitó la cadena defensiva en torno a Puebla. Él era originario de Puebla, ingresó en el Colegio Militar en 1838, y alcanzó el grado de teniente tres años más tarde, tras lo cual se integró a la Sección de Ingenieros.
Mientras que las tropas fueron dirigidas por los generales juaristas que contaban con mayor prestigio como Felipe Berriozábal, Miguel Negrete, Porfirio Díaz, Tomás O'Horán y Luis Ghilardi.
En Puebla, a los franceses no los esperaban los cinco mil 454 soldados que Ignacio Zaragoza tuvo en 1862. En marzo de 1863, el Ejército de Oriente contaba con 24 mil 828 hombres, divididos en cinco divisiones.
Después de soportar dos meses de asedio, el Estado Mayor del general Jesús González Ortega puso a votación la rendición de la plaza o continuar la resistencia, sólo Miguel Negrete votó en favor de continuar la lucha.
Para conseguirlo propuso que los militares mexicanos fingieran aceptar las condiciones de los invasores, comprometiéndose a no combatir a los franceses ni a sus aliados.
Una vez libres traicionarían la palabra empeñada y atacarían a los invasores. Negrete no veía deshonra en este proceder dado que los franceses habían sido los primeros en cometer perjurio al violar el compromiso acordado en La Soledad.
Tras 62 días de asedio, las fuerzas francesas entraron a la capital de Puebla el 19 de mayo de 1863, continuando con su avance hasta la Ciudad de México, a la cual llegaron el 10 de junio del mismo año.

Con la capitulación de Puebla, la administración del presidente Benito Juárez tomó la decisión de salir de la ciudad de México hacia San Luis Potosí, librándola del ataque francés y llevando el gobierno al norte del país, hasta el triunfo de los republicanos en mayo de 1867.
Este hecho histórico marcó las condiciones para el advenimiento del Segundo Imperio Mexicano.
El general Francisco P. Troncoso, en su Diario de las Operaciones Militares del Sitio de Puebla en 1863, dice que: “como a las 8 de la noche, los centinelas dieron la alarma, pues una línea de tiradores enemigos se vio a manos de 150 metros (…). El enemigo se retiró a su paralela con algunas pérdidas, y durante una hora hizo un fuego violento de cañón”.
Por su parte, el general Forey aseguró que no hubo tal asalto y que sólo se trataba de construir la tercera paralela con dos mil trabajadores.
El día 28 la artillería se encarnizó y los fuegos con que respondían los cuatro cañones del Morelos, fueron apagados. Siete días de fuego que Forey comparó con la batalla de Sebastopol.
Así pasó también abril, fracasando los ataques contra las posiciones de San Marcos, el Carmen, San Agustín, Totimehuacán y Santa Inés, precisamente el 25 de abril en un rechazo tan violento que frenó la acometida francesa.
Forey denegó las peticiones diplomáticas de dejar salir mujeres, niños y ancianos de la ciudad. Opinó González Ortega: “El general francés cree que por el terror de las familias obligará a la guarnición a rendirse; si esto cree, se equivoca, pues lo soldados que mando y yo muy particularmente estamos resueltos a defender manzana por manzana, edificio por edificio, aunque todo quede convertido en ruinas”.
A fines de abril ya sólo hubo carne de burro y perro; a principios de mayo el salvado era el único alimento disponible. En su desesperación, la gente se lanzaba a la calle más en busca de la muerte que de comida.
González Ortega no recibió ayuda de Comonfort, del otro lado del cerco, y es invitado por el general francés a aliarse al ejército invasor y a ser proclamado presidente para concluir la guerra.

La respuesta de González Ortega todavía resuenan en la conciencia: se dice militar y afirma no tener poderes legítimos para intervenir en las cuestiones políticas o diplomáticas de México.
A las cuatro de la mañana del 17 de mayo, González Ortega escribe a Forey:
“Señor general: no siéndome ya posible seguir defendiendo esta plaza por la falta de municiones y víveres, he disuelto el ejército que estaba a mis órdenes y roto su armamento, incluso toda la artillería”. Sabía que alcanzaban ya las municiones para sólo dos horas de batalla.
“Queda pues la plaza a las órdenes de V.E., y puede mandarla ocupar, tomando, si lo estima conveniente, las medidas que dicta la prudencia, para evitar los males que traería consigo una ocupación violenta, cuando ya no hay motivo para ello”.
“El cuadro de generales, jefes y oficiales de que se compone este ejército, se halla en el palacio del Gobierno, y los individuos que lo forman se entregan como prisioneros de guerra. No puedo, señor general, seguir defendiéndome por más tiempo, si pudiera, no dude V.E. que lo haría”.
Olvidando el hambre, la gente del pueblo aclamó el 17 de mayo de 1863 a los generales y jefes reunidos en el atrio de Catedral.
A algunos malos mexicanos y malos poblanos que osaron gritarles que se habían puesto al servicio del invasor, la muchedumbre a gritos los llamó traidores y bandidos. Y aplaudió cuando los antipatriotas fueron azotados por los propios soldados franceses.
Actitud popular que contrastó con la que, tristemente, las clases pudientes asumirían poco después al recibir en Catedral, solemnemente, a las huestes extranjeras entonando un espantoso te deum por su llegada.
Después de la rendición, el 20 de mayo, los 26 generales y los mil 400 jefes y oficiales rehusaron el pliego de Forey. Escriben: las leyes del país proscriben contraer compromiso alguno que menoscabe el honor militar.
Algunos fueron ejecutados y quienes tenían el grado de subteniente a coronel salieron a pie rumbo a Veracruz, cantando el Himno Nacional entre dos hileras de infantes de marina franceses. Dos días después abandonaron la ciudad los generales.
De acuerdo con el coronel Agustín Alcérreca —testigo de aquellos acontecimientos y autor del Diario de un prisionero de guerra— salieron de Puebla mil 466 prisioneros, aunque solo la tercera parte de ellos llegó a Veracruz.
De los generales, jefes y oficiales enviados a Francia —cuyo número oscila entre los 532 de Epitacio Huerta y los 471 de Cosme Varela—, la mayoría terminó comprometiéndose a no luchar contra la intervención francesa y fue repatriada, pero 123 se rehusaron definitivamente a hacerlo y a mediados de 1864 el gobierno de Napoleón III los abandonó a su suerte, dándoles un tiempo determinado para abandonar Francia o ser encarcelados.
A pesar de la miseria en que se encontraban hundidos —que obligó a muchos a trabajar como albañiles—, al final lograron volver a México y muchos de ellos retomaron la lucha.