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PUEBLA, Pue., 26 de enero de 2026.- De la estabilidad compacta, en ocasiones opaca, de antaño, Puebla transitó hacia una dinámica marcada por relevos constantes en el Gobierno del Estado, ajustes técnicos y movimientos estratégicos que revelan el pulso real del poder.
Desde el sexenio del ahora preso Mario Marín hasta la actual administración de Alejandro Armenta, el número, ritmo y motivo de los cambios en el primer año de gobierno se han convertido en un indicador clave para medir control político, capacidad operativa y margen de maniobra institucional.
El caso más extremo es el del fallecido Miguel Barbosa, quien ostenta el récord de inestabilidad en el arranque de un gobierno estatal. En sus primeros 12 meses, entre 2019 y 2020, acumuló más de diez relevos en secretarías consideradas estratégicas.
Incluso, antes de rendir protesta Barbosa ya había modificado dos perfiles de alto nivel en áreas sensibles como Seguridad Pública e Infraestructura. El mensaje era la nula paciencia para procesos largos de adaptación.
Karen Berlanga dejó la Función Pública, Salomón Kuri pasó por Administración apenas 19 días, Heliodoro Luna salió de Infraestructura, y Fernando Manzanilla abandonó la Secretaría de Gobernación, una de las posiciones más delicadas del gabinete, tras fricciones con Barbosa.
Eso generó la percepción de un Gobierno de Puebla en permanente ajuste, bajo una lógica de ensayo y error. El costo fue un retraso en la curva de aprendizaje institucional, aunque Barbosa defendía cada movimiento como parte de una limpieza de la herencia morenovallista.
En contraste, Rafael Moreno Valle utilizó el gabinete como un tablero de ajedrez. En su primer año, entre 2011 y 2012, tuvo alrededor de cinco relevos de primer nivel, una cifra moderada si se observa de forma aislada.
Sin embargo, a lo largo de su sexenio mantuvo un promedio de un cambio cada 47 días. No se trataba de inestabilidad, sino de una estrategia calculada para proyectar perfiles, endurecer el control político y preparar candidaturas futuras.
Entre las salidas destacadas se encuentran Amy Camacho en Medio Ambiente y Myriam Arabian en Desarrollo Social, ambas por peleas con el entonces gobernador. Los movimientos permitieron una ejecución acelerada de obra pública, aunque a costa de una alta rotación técnica en áreas clave.
El caso de Sergio Salomón Céspedes es atípico, pero revelador. Como gobernador sustituto en 2023, su primer año estuvo marcado por una reconfiguración profunda del aparato estatal para imprimir su propio sello político.
En ese periodo concretó nueve cambios en el gabinete principal y un total de 27 movimientos dentro de la estructura estatal. Entre las salidas más relevantes estuvieron Ana Lucía Hill en Gobernación, Elsa Bracamonte en Transporte y Cecilia Arellano en Igualdad.
El resultado fue una transición tersa del barbosismo al salomonismo. A diferencia de otros procesos, la operatividad del estado no se frenó, y la administración mantuvo estabilidad funcional pese al volumen de ajustes.
En el extremo opuesto aparece Mario Marín, representante de la vieja escuela política. En su primer año, entre 2005 y 2006, mantuvo prácticamente intacto a su equipo compacto, apostando por la continuidad como eje de gobernabilidad.
Esa estabilidad permitió arrancar proyectos de infraestructura con rapidez, pero la falta de renovación en su círculo cercano terminó encapsulando al gobierno. Tras el escándalo de Lydia Cacho, el margen de maniobra política se redujo de forma drástica.
En este contexto, Alejandro Armenta se sitúa en un punto intermedio. Con las salidas de Rebeca Bañuelos en Medio Ambiente, Carlos Olivier en Salud y el relevo en Comunicación Social de Claudia Hernández por José Tomé, su primer año muestra ajustes más técnicos que rupturas políticas.
El impacto proyectado de estos movimientos apunta a dinamizar áreas críticas para su agenda de Bioética Social. La salida de Salud y Medio Ambiente refleja una búsqueda de mayor eficacia operativa, mientras que el cambio en Comunicación Social responde a un refresco de imagen tras el primer ciclo de posicionamiento.
El balance es claro. Si se mide la mano más pesada para mover el gabinete en el primer año, Miguel Barbosa ocupa el primer lugar.
En volumen total de movimientos estructurales, Sergio Salomón encabezó la lista, aunque por razones excepcionales. Armenta, hasta ahora, mantiene una rotación moderada frente a sus predecesores inmediatos.
