Nada personal
La democracia no se mide únicamente en las urnas; se mide en el trato cotidiano.
En México, el reconocimiento del sufragio femenino en 1953 marcó un punto de inflexión histórico. Desde entonces, la Constitución, en sus artículos 1º y 4º, establece la igualdad y prohíbe toda forma de discriminación.
La Ley General para la Igualdad entre Mujeres y Hombres y la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia refuerzan este compromiso. En el papel, la igualdad es un principio incuestionable. Sin embargo, en el territorio donde se gestionan servicios, conflictos y acuerdos vecinales, la distancia entre la norma y la realidad sigue siendo muy grande.
En Cuautlancingo, con base en mi trabajo de campo y acompañamiento a procesos vecinales, he observado cómo numerosas representantes sostienen dinámicas comunitarias complejas: gestionan servicios públicos, median conflictos, organizan asambleas, coordinan y gestionan demandas colectivas.
Su labor constituye el punto de partida de la gobernanza local. Este reconocimiento no demerita el compromiso de líderes vecinales hombres, cuya participación también es valiosa; no obstante, cuando el liderazgo lo ejerce una mujer, las condiciones de vulnerabilidad suelen intensificarse.
A la carga administrativa se suman cuestionamientos constantes a su autoridad: “¿Quién la eligió?”, “Seguro tiene algún interés”, “Exagera”, “Se siente dueña del fraccionamiento”, “No sabe”.
La descalificación no siempre es frontal; con frecuencia se manifiesta en insinuaciones, burlas o incluso en la exclusión. El desgaste emocional no es menor.
En Coronango, durante una gestión ante autoridades municipales, una intervención fue interrumpida con un “Señora, vaya al grano”.
Lejos de ser una expresión inofensiva, este tipo de comentarios revela una forma de trato que desvaloriza la voz femenina y pone en duda su capacidad.
Con frecuencia, la mujer que gestiona es reducida al estereotipo de “ama de casa”, como si ese rol, que implica una enorme responsabilidad en el cuidado del hogar y de la familia, anulara su capacidad de análisis, organización y liderazgo.
La vulnerabilidad no proviene únicamente del ámbito institucional. Con preocupación he observado que, en ocasiones, la propia comunidad es la primera en juzgar y violentar simbólicamente a sus líderes.
Se exige gestión y resultados inmediatos, pero se cuestiona cada decisión; se demanda representación, pero se retira el respaldo cuando surgen conflictos.
Al momento de impulsar mejoras en los servicios públicos, el acompañamiento escasea; sin embargo, la exigencia permanece. Así, la participación femenina termina convirtiéndose en una carga solitaria, donde la responsabilidad es alta y el respaldo insuficiente.
Aunque el discurso oficial habla de protección y apoyo legal, en la práctica territorial ese acompañamiento suele diluirse.
La igualdad no puede quedarse en la fotografía gubernamental ni en el acto protocolario que aparenta cumplimiento.
La protección a la mujer debe traducirse en asesoría jurídica efectiva, protocolos claros y presencia institucional real cuando una mujer enfrenta amenazas, hostigamiento o desgaste derivado de su liderazgo.
Porque la democracia local no se fortalece solo con discursos de inclusión, sino con prácticas de respeto.
Dejemos la simulación y hagamos la igualdad real. Mientras una mujer tenga que demostrar el doble para ser escuchada, o enfrentar sola la presión institucional y social, los derechos y la protección de las mujeres seguirán siendo una garantía solo escrita en el papel.
Este texto está dedicado a todas las mujeres que trabajan por y para su comunidad, que además de cuidar a sus familias destinan tiempo y energía a fortalecer el tejido social y mejorar sus fraccionamientos o barrios; mujeres que no se quedan calladas cuando exigen respeto y que sostienen procesos colectivos aun en condiciones adversas.
De manera especial, reconozco el trabajo de Mónica Alcántara y de Mayra Moreno. Su liderazgo confirma que sostener comunidad no es solo gestionar: es resistir, cuidar y dignificar el territorio, incluso en contextos donde el reconocimiento es limitado y el acompañamiento insuficiente.




