Nada Personal
El 19 de septiembre de 1985 a las 7:19 horas un sismo de 8.1 grados en la escala Richter sacudió el centro, sur y occidente del país. Los datos se pierden con los años y no hay uno que retrate la gravedad de aquel desastre ni hay imagen que refleje el dolor de las pérdidas.
Hablamos de un desastre cuando un fenómeno de origen natural o antrópico (causado por el hombre) extremo irrumpe de manera catastrófica causando daños y pérdidas tanto materiales como humanas, estas últimas jamás recuperables.
En un desastre no sólo hay daños materiales y pérdidas humanas, también la flecha del tiempo marca un antes y un después en la vida de la comunidad, rompe abruptamente la dinámica social que ha permanecido por generaciones.
Cuando escuchamos el concepto “desastre natural” inmediatamente vienen a nuestra mente sismos y edificios caídos, un huracán y espacios inundados, un tornado y casas volando por el cielo o un volcán derramando lava. Hay una tendencia a asociar la ocurrencia de un fenómeno natural a la ocurrencia de un desastre como si vinieran de la mano en automático.
Esta asociación mental tiene su origen desde que los desastres comenzaron a estudiarse como resultado de la ocurrencia de un fenómeno natural, la lógica era: si estudio y logro controlar el fenómeno natural, logro controlar el desastre. Desde luego, hubo un desarrollo tecnológico importante pero, a pesar de esos esfuerzos, cuando los fenómenos seguían presentándose, había como consecuencia un desastre.
Sin embargo, esta visión técnica ha olvidado el componente más crítico: la vulnerabilidad social. Un sismo es un proceso geológico inevitable, pero que un edificio colapse es una consecuencia de decisiones humanas, desde la planeación urbana hasta la calidad de los materiales. La naturaleza no conspira contra nosotros; somos nosotros quienes, al ignorar los riesgos y construir fragilidad, transformamos un evento natural en una tragedia social. La verdadera prevención no está solo en entender la tierra, sino en fortalecer el tejido de nuestra sociedad.
El lugar, la hora y la magnitud e intensidad del sismo el hombre no la puede controlar, pero los demás elementos son todos controlados por el hombre. Si las construcciones se apegan a la regla, se da mantenimiento, si tenemos autoridades organizadas no sólo para responder sino para prevenir y si contamos con ciudadanas y ciudadanos conscientes de que el cuidado de nuestra integridad nos corresponde a todos.
La resiliencia no es una espera pasiva, sino una Resiliencia Activa que nos convoca a todos. Entender que los desastres no son naturales es, en realidad, una oportunidad de esperanza: significa que tenemos el poder de cambiarlos. Cuidarnos los unos a los otros, exigir ciudades seguras y prepararnos con amor y conciencia es el legado más grande que podemos dejar. Al final, la naturaleza seguirá su curso, pero de nuestra organización depende que el futuro no sea una crónica de pérdidas, sino un testimonio de vida y prevención.
X @desastropolitik
[email protected]
-0-




