Filosofía sin escrúpulos
La pompa, el gasto millonario y la mirada del planeta entero se posaron sobre la inauguración del Mundial de Fútbol. Sin embargo, el detalle político más significativo estuvo en la tribuna: la ausencia de la presidenta. En un evento históricamente utilizado por los mandatarios para exhibir el orgullo nacional y legitimarse ante las masas, la decisión de vaciar la silla del Ejecutivo Federal envía un mensaje que va mucho más allá de un simple desdén deportivo. Aunque el discurso oficial intente disfrazar esta inasistencia como un acto de austeridad o desdén hacia las élites corporativas, la realidad de la política interior es otra. En un momento donde su popularidad no atraviesa su mejor momento, presentarse en un Estadio Azteca repleto significaba exponerse a un riesgo intolerable: un abucheo masivo transmitido en vivo a nivel mundial. La mandataria lo sabe. La plaza pública ya no es un terreno incondicional y el palco de honor del fútbol se habría convertido fácilmente en un tribunal del descontento social.
Si bien la coyuntura se presta y no sería el primer país donde el foco del mundial sea la ventana perfecta para exhibir causas legítimas y otras políticas, la realidad del país está muy lejos de ser la que vendieron Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum en sus discursos de campaña. México enfrenta una violencia causada por el crimen organizado que es tolerada, e incluso protegida, por las autoridades. Más allá de los delitos comunes —como el robo de autopartes o a casa-habitación—, lo que verdaderamente preocupa es el número de muertes y personas desaparecidas. También hay reclamos sobre el empleo, las estadísticas reportan tasas de desempleo bajas pero la precarización laboral y la informalidad siguen estando presentes. El sistema de salud público está en quiebra y el educativo no se encuentra diferente. Aunque son problemas que arrastramos desde hace sexenios, el error de Morena sigue estando en vender cambios inmediatos. La presidenta sabe que tiene deudas y no quiso enfrentarse al cobrador.
Este repliegue doméstico coincide, además, con un escenario de profunda debilidad en el exterior, marcado por las constantes fricciones comerciales con Estados Unidos y Canadá en el marco del T-MEC. Compartir reflectores con delegaciones extranjeras en pleno punto de tensión diplomático habría hecho evidente el aislamiento político de México. Sentarse en esa tribuna no habría sido un acto de presencia soberana, sino una incómoda vitrina de las tensiones laborales, energéticas y migratorias que el gobierno federal no ha sabido destrabar. Frente a la mirada escrutadora de Washington, la silla vacía del Ejecutivo mexicano no proyecta dignidad, sino un distanciamiento estratégico para evitar un choque frontal.
La gran contradicción y el reclamo de fondo radica en que la inasistencia de la mandataria no exime al país de sus obligaciones operativas ni del gasto. Las instituciones locales, el presupuesto público y los despliegues de seguridad ciudadana están completamente volcados para que el torneo funcione. El Estado absorbe los costos reales de la fiesta, pero la presidenta se esconde de la fotografía inaugural. Al final, evadir el evento funciona para proteger su desgastada imagen interna y eludir la presión diplomática del T-MEC, pero deja una señal inequívoca: México juega un partido global de altísimo riesgo con una dirección que prefiere mirar el juego desde lejos por temor al veredicto de la tribuna.
Lo único esperanzador es que ese miedo a presentarse alimenta la democracia porque quiere decir que la clase política sabe que el poder no es de ellos sino de los electores, ahora solo falta que los electores tomen el control de la cancha, hagan valer el peso real de su voto y le recuerden a la clase política que, aunque decidan ausentarse de la fotografía y rehuir al debate, el veredicto siempre se define en la tribuna ciudadana.