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El reciente estreno en Netflix de la película mexicana "Contra el huracán", inspirada en la tragedia del huracán Otis en Acapulco, ha encendido nuevamente la curiosidad sobre la representación cinematográfica de las catástrofes. Más allá del drama familiar o la tensión de la supervivencia que busca el cine comercial, la cinta dirigida por Jorge Michel Grau pone al descubierto una verdad incómoda que la Gestión Integral del Riesgo de Desastres (GIRD) señala incansablemente: los desastres no son naturales; son la manifestación extrema de las vulnerabilidades sociales y laborales preexistentes.
La historia de los marineros atrapados a bordo de embarcaciones privadas durante la noche de la catástrofe no es un simple recurso narrativo; refleja la cruda realidad de la vulnerabilidad laboral y socioeconómica. Mientras la narrativa oficial y mediática suele priorizar la rápida reconstrucción de la infraestructura turística de lujo o el conteo de pérdidas materiales, la película nos recuerda que las pérdidas humanas más invisibles recayeron sobre trabajadores expuestos a la intemperie por imperativos de subsistencia económica. La orden o presión de "cuidar el yate" revela cómo la precarización laboral reduce drásticamente el margen de autoprotección de las personas ante un fenómeno meteorológico extremo.
Desde el análisis de políticas públicas locales, la lección que dejó Otis —y que la ficción cinematográfica reabre— evidencia la grave ausencia de protocolos de resguardo obligatorios y la falla de los sistemas de alertamiento temprano orientados a sectores vulnerables. La rápida intensificación del fenómeno a categoría 5 no solo desnudó la fragilidad de la infraestructura del puerto, sino la falta de capacidad institucional para decretar evacuaciones preventivas y vinculantes en la franja costera y en el sector marítimo-pesquero.
Asimismo, la película permite cuestionar el papel del Estado y del sector privado en la gestión de la emergencia. La transferencia del riesgo hacia el eslabón más débil de la cadena social demuestra que la resiliencia no se construye pidiendo a los ciudadanos que "resistan solos", sino mediante esquemas formales de gobernanza que prioricen la vida por encima del patrimonio de las élites. Cuando el margen de supervivencia depende de la suerte o del heroísmo individual en altamar, el sistema de protección civil ha fallado en su propósito fundamental.
Todavía hay debate sobre el sistema de alertamiento que se utilizó, si fue suficiente, si llegó a todos, si fue oportuno. Lo cierto es que la película da cuenta de que el desastre es el conjunto de malas decisiones y poca educación del Riesgo de Desastres. Precarización laboral, poca profesionalización del personal, confianza excesiva, no pagar seguros, etc. Al final, entre más vulnerabilidades se suman, más grande es el desastre.
Utilizar el cine de ficción como espejo de la realidad es un ejercicio necesario para la memoria pública. "Contra el huracán" nos exige entender que la vulnerabilidad ante el cambio climático y los eventos atípicos aunque afecta significativamente más a ciertos grupos, no tiene una clara dimensión de clase, el desastre golpea a todos, pero no todos tienen la misma capacidad para recuperarse. Al final de la película estaría excelente que se hubiera incluido una pequeña explicación del desastre como proceso porque, aunque el mensaje está en la película, no todos tienen los elementos para desencriptarlo.
Reconstruir Acapulco o cualquier ciudad costera exige indispensablemente institucionalizar la prevención, regular la protección del trabajo en el mar y asumir que la resiliencia urbana es, ante todo, un acto de justicia social. Hoy ya no sólo es mirar atrás y contar qué pasó sino qué aprendimos.