Cuauhtémoc Cárdenas: el hombre que abrió el camino de la democracia
El veintinueve de octubre de dos mil veintiséis trascendió el fallecimiento [por causas naturales] de Andrés Filomeno Mendoza Celis, conocido popularmente como “El monstruo de Atizapán” o “El caníbal de Atizapán”, un feminicida serial mexicano, considerado el mayor asesino en serie en la historia reciente de México, pues estuvo activo durante casi tres décadas en Atizapán de Zaragoza, Estado de México.
Fue capturado en mayo de dos mil veintiuno, y en su vivienda se encontraron enterrados más de 4000 mil restos óseos atribuidos a por lo menos diecinueve víctimas.
Por sus crímenes acumuló ocho sentencias condenatorias por los delitos de feminicidio, homicidio y desaparición de personas.
Pero hablemos de las víctimas. Hasta hace unos años, las víctimas de este tipo de criminales eran, en el mejor de los casos, rostros efímeros, la mayoría de las veces, solo llegaron a ser un número, y entre más se le adjudicaran al verdugo, más célebre se hacía.
Ahora, no todos tienen la misma posibilidad de ser víctima de un criminal serial. Históricamente, los grupos socialmente vulnerables corren más riesgo, en específico, las mujeres que se dedican a la prostitución y los jóvenes de ambos sexos con vidas errantes o irregulares.
Y esto es por la falta de círculos de apoyo, porque una desaparición tarda mucho más en reportarse y porque la investigación puede tornarse bastante más complicada.
La lista de asesinos en serie que mataron principalmente prostitutas o mujeres en situación de marginación es prácticamente interminable: Jack el destripador (el iniciador del asesinato en serie moderno), Gary Ridgway “el asesino de Río Verde”, Peter Stutcliffe “el destripador de Yorkshire” y un largo etcétera.
Pero los hombres jóvenes que, por practicar la prostitución en aras de mejorar su vida, o bien, que aceptaron encuentros sexuales con desconocidos por su orientación sexual, también han sido víctimas de preferencia de los asesinos en serie. Verbigracia, Jeffrey Dahmer y John Wayne Gacy.
En muchos de estos casos, la investigación fue despreocupada, cuando mucho, en otros, ni siquiera se realizaba, dados los perjuicios sociales y culturales sobre la homosexualidad, la prostitución masculina, e inclusive, por interseccionalidades sobre el color de la piel y la pobreza.
Activistas afromericanos como James Baldwin lucharon para mejorar esta situación. Por otro lado, en el libro El asesino sin Rostro de Michelle McNmara sobre los crímenes de Joseph DeAngelo, convirtió a las víctimas en personas, con nombre y vidas que se truncaron definitivamente. En otro sentido, algunos true crime modernos intentan ofrecer mayor presencia y dignificación a las víctimas y sus familias.
En el caso del caníbal de Atizapán, sus víctimas conocidas son:
Reyna González Amador: de 34 años, casada y madre de dos hijas. Trabajaba en un local de venta de celulares.
Flor Ninive Vizcaíno Mejía: de 38 años y madre soltera de dos hijas. Trabajaba como hostess en restaurantes.
Rubicela Gallegos Castillo: de 32 años y madre soltera de un niño. Trabajaba como repartidora de Uber Eats.
Norma Jiménez Carreón.
Berenice Sánchez Olvera: de alrededor de 20 años. Trabajaba en un bar.
Alyn y Gardenia: dos mujeres que conoció en un bar y trató de cortejar y lo rechazaron.
Solo si conocemos quiénes fueron las víctimas podemos empezar a dimensionar lo que su pérdida implica para sus familias y amigos. Eran personas reales que ya no están con nosotros. Tenían una vida [que se truncó], un futuro [que dejó de existir]. Hijos, padres y hermanos [que sufren profundo dolor] e invertían mucho tiempo y esfuerzo en salir adelante honradamente. Una existencia que no puede ser reducida a un conteo de un asesino en serie. Fueron seres reales, mucho más valiosas que el célebre asesino. ¿Cómo te sentirías tú si perdieras a alguien así?