Nada personal
Una riada (también conocida como avenida o riada repentina) es una crecida rápida y violenta del caudal de un río o arroyo, provocada por diferentes factores como lluvias intensas, deshielos acelerados o el colapso de embalses. A diferencia de una inundación paulatina, la riada se caracteriza por la velocidad con la que el agua arrastra sedimento, vegetación, rocas y escombros a su paso, transformando cauces habituales en torrentes destructivos que desbordan las riberas y devastan la infraestructura y los asentamientos humanos vulnerables situados en su trayectoria.
La riada en Nepal aparentemente fue provocada por un desprendimiento de glaciar en el Himalaya, lo que liberó una gran cantidad de agua y material de la montaña que llegó de manera repentina al río, provocando una subida intempestiva del nivel que fue "empujada" cauce abajo. A la crecida del río se le suman factores como la inclinación del cauce que, por física, acelera la velocidad de bajada de la corriente. Esta viene arrastrando lodo, rocas y todo lo que encuentra a su paso, de tal forma que la masa que impacta a la comunidad no es solo agua, lo que incrementa su poder destructivo.
Ya había antecedentes en julio de 2025, cuando se presentó el desprendimiento de una pared glaciar y provocó un fenómeno parecido; sin embargo, no se instaló un sistema de monitoreo y de alertamiento temprano, ni un plan de reubicación que evitara que la población permanezca en zona de riesgo. Recordemos que los desastres no son naturales.
Las imágenes de la devastadora riada en Nepal (con ríos desbordados, laderas colapsadas y comunidades enteras sumergidas) suelen percibirse en la conversación pública local como tragedias distantes, ajenas a nuestra realidad inmediata. Sin embargo, asumir que el sufrimiento ambiental al otro lado del planeta no guarda relación con nuestras prácticas cotidianas y políticas públicas locales es ignorar el principio fundamental de la física atmosférica y la justicia ambiental: el sistema climático global es uno solo, y el impacto de nuestras acciones es acumulativo e indivisible.
El cambio climático no respeta fronteras geográficas ni divisiones territoriales. El aumento de la temperatura global, impulsado por las emisiones de gases de efecto invernadero, la deforestación desmedida, la pérdida de cubierta vegetal en nuestras cuencas y el modelo de desarrollo extractivista que predomina en países como México, contribuye de forma directa a la alteración de los patrones meteorológicos a escala planetaria. La aceleración del deshielo en los glaciares del Himalaya y la intensificación de las lluvias monzónicas en Nepal son la manifestación más extrema de un desequilibrio atmosférico que todas las naciones alimentan día a día.
Desde la perspectiva de la gestión del riesgo y la gobernanza ambiental, este fenómeno exige comprender el concepto de responsabilidad compartida. Lo que permitimos a nivel municipal o estatal (la tala inmoderada, la falta de captura de carbono, el crecimiento urbano desordenado y el incumplimiento de las metas de transición energética) repercute en la vulnerabilidad de comunidades a miles de kilómetros. Mientras los países del Sur Global y las regiones de alta montaña sufren las consecuencias más severas de los desastres socio-naturales, las decisiones sobre sustentabilidad y conservación que tomamos desde el ámbito local cobran una dimensión ética y política ineludible.
Creer que la agenda ecológica es un lujo o una prioridad secundaria para nuestros gobiernos es un error sistemático. Cada hectárea reforestada, cada cuenca protegida y cada política de reducción de emisiones implementada en México es un grano de arena en la contención de una crisis planetaria. Entender la tragedia de Nepal no solo exige solidaridad internacional, sino una profunda autocrítica sobre nuestra huella ecológica. La verdadera conciencia ambiental comienza al reconocer que el futuro del planeta (y la seguridad de quienes lo habitan) se decide en lo que hacemos hoy en nuestro propio territorio.




