Cohesión social
Mientras el mundo observa con inquietud el despliegue militar de Estados Unidos en distintos escenarios —los recientes bombardeos contra objetivos iraníes en Medio Oriente, la audaz operación militar que en enero derivó en la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro en Caracas, y los ataques con misiles contra posiciones del Estado Islámico en Sokoto, Nigeria— vuelve a instalarse una vieja pregunta: ¿cómo se comportan las democracias cuando el mundo entra en guerra? En los primeros meses del año, la política exterior de Washington ha dejado claro que el siglo XXI continúa marcado por intervenciones militares, operaciones especiales y demostraciones de fuerza que recuerdan una vieja verdad: la política internacional, lejos de haberse civilizado por completo, sigue atravesada por la lógica desnuda del poder.
La escena no es nueva. Desde hace décadas, el poder estadounidense oscila entre el discurso universalista de la libertad y la práctica —muchas veces cruda— de la geopolítica. A veces lo hace con la retórica de la defensa de la democracia; otras, con la justificación estratégica de la seguridad nacional. Pero en ambos casos, el resultado suele ser el mismo: un mundo sometido a tensiones permanentes donde la guerra, lejos de desaparecer, muta y se reinventa.
Aquí es donde la reflexión del gran politólogo italiano Giovanni Sartori adquiere una vigencia sorprendente. Sartori advertía que la democracia no es simplemente un mecanismo electoral; es, ante todo, una delicada arquitectura cultural. Su supervivencia depende de ciudadanos informados, de una opinión pública capaz de discernir y de un sistema mediático que privilegie la razón sobre el espectáculo. Pero la guerra altera profundamente esa ecuación.
En tiempos de conflicto, la política se simplifica. El mundo se divide entre aliados y enemigos. La propaganda sustituye al debate. Y la información —que debería ser el alimento de la democracia— se convierte con frecuencia en instrumento de movilización emocional.
Sartori temía precisamente eso. En su célebre crítica a la “videopolítica”, sostenía que las democracias modernas podían degenerar cuando el ciudadano dejaba de ser un sujeto racional para convertirse en un espectador permanente. En lugar de comprender la complejidad del mundo, reaccionaba a imágenes, consignas y emociones inmediatas. La guerra contemporánea ha amplificado ese fenómeno.
Hoy las batallas no sólo se libran en territorios físicos, sino también en el espacio simbólico de las redes y los algoritmos. Cada conflicto produce narrativas contrapuestas; cada actor intenta monopolizar el relato moral de la historia. La política internacional se convierte entonces en una disputa de percepciones.
Paradójicamente, cuanto más se invoca la defensa de la democracia, más frágil se vuelve su sustancia deliberativa.
Porque una democracia fatigada por el miedo, saturada de propaganda y atrapada en la lógica binaria de la guerra corre el riesgo de olvidar su principio más profundo: la duda. La democracia vive del debate, de la crítica y de la pluralidad. La guerra, en cambio, exige certezas rápidas y lealtades inmediatas.
Quizá por eso la lección de Sartori resulta hoy tan pertinente: las democracias no mueren necesariamente por golpes de Estado; a veces se erosionan lentamente cuando dejan de pensar.
Y en un mundo cada vez más convulso, pensar se ha convertido en un acto político de primera necesidad.




