Nada Personal
La hendidura del tiempo en el altar de nuestros muertos
Es un error de la mirada romántica suponer que el Día de Muertos es una pacífica transición otoñal. Nuestra fiesta de los difuntos es un oxímoron viviente, una herida cronológica donde la sombra suntuosa y la caricia silente coexisten en el mismo instante. No asistimos a una yuxtaposición pulcra de dos pasados, sino a una colisión de absolutos que terminó por fundirse en el crisol del mestizaje. Para entender este festín de las ánimas, hay que mirar de cerca a los hombres que, con las manos manchadas de tinta y polvo arqueológico, intentaron descifrar el enigma de nuestra doble sangre.
Imaginemos por un momento a Fray Bernardino de Sahagún en su aposento en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, a mediados del siglo dieciséis. El franciscano, obsesionado con extirpar lo que él llamaba las «idolatrías clandestinas», interroga a los viejos sabios nahuas. En su Historia general de las cosas de Nueva España, Sahagún consigna, con una mezcla de pavor teológico y fascinación etnográfica, la fiesta del Miccailhuitontli. Lo que el fraile no alcanzaba a comprender —aturdido por el latín de la Vulgata y el miedo medieval al Infierno— era que el Mictlán no albergaba azufre ni castigos corporales. El drama náhuatl no era moral, sino topográfico. El alma no se condenaba por sus pecados; se extraviaba por la geografía. Miguel León-Portilla, el gran rescatador de los cantos antiguos, solía detenerse con deleite en esa precisa paradoja: para los filósofos prehispánicos como Nezahualcóyotl, Tecayehuatzin o Ayocuan Cuetzpaltzin, la vida en la Tierra era un estado de embriaguez o un sueño dudoso, mientras que la muerte representaba el despertar definitivo, la reintegración al seno de la dualidad creadora, Ometeótl. Así, mientras Sahagún intentaba imponer el rigor del purgatorio tridentino, el indígena asentía con la cabeza pero seguía desparramando el cempasúchil, convirtiendo el luto católico en un umbral de reencuentro cósmico.
Esta negociación secreta posee sus propios templos de piedra. Eduardo Matos Moctezuma, con el rigor del cirujano que desentierra el corazón de la urbe mexica, nos ha enseñado a mirar el Tzompantli no como una carnicería bárbara, sino como un formidable altar de regeneración biológica. Al excavar el Templo Mayor, Matos Moctezuma desveló que los cráneos ensartados en las empalizadas no eran trofeos de sadismo, sino semillas de luz: la muerte alimentaba a la vida para que el sol no se apagara. Cuando los conquistadores andaluces y extremeños impusieron sus túmulos heráldicos, sus velas de cera de Campeche y sus reliquias de santos, el esqueleto mesoamericano no se desvaneció; se vistió de etiqueta barroca. Las calaveras de azúcar que hoy devoramos con cinismo infantil son el vástago directo de esa transmutación: la piedra sacrificial convertida en alfeñique, el pavor metafísico transformado en golosina.
Es aquí donde la aguja de Octavio Paz perfora el tejido con mayor agudeza en El laberinto de la soledad. Paz comprendió que la familiaridad del mexicano con la muerte no es una falta de respeto, sino una defense psicológica ante la insignificancia de la existencia moderna. El neoyorquino o el parisino, nos dice, se queman los labios si pronuncian la palabra; la evitan porque habita en el exilio de la higiene hospitalaria. El mexicano, en cambio, la busca, la tutea, la duerme en su cama y la convierte en su juguete favorito. No hay sumisión en ese gesto, sino una soberbia revuelta contra la nada. Al sentarse a cenar con los muertos bajo el resplandor de los cirios, el comensal rompe la linealidad del tiempo occidental y recupera el tiempo mítico, ese eterno presente donde los vivos y los idos comparten el pan y el pulque.
El mestizaje del Día de Muertos es, por lo tanto, una simultaneidad nostálgica y deslumbrante cuyo escenario absoluto es el altar. La ofrenda no es un adorno, sino una cartografía donde dos mundos se devoraron mutuamente para seguir existiendo. En su arquitectura cohabitan los frutos de dos sangres: el humo del copal mexica se trenza con el incienso romano, y el cempasúchil resplandece bajo la mirada eterna de los retratos familiares. Para el difunto que retorna fatigado de las llanuras del Mictlán, el altar es un festín transfronterizo donde el mole espeso, quintaesencia del sincretismo que funde chiles autónctonos con especias de Oriente y manteca europea, sacia su sed de eternidad junto al atole y el chocolate. El trigo español, horneado en forma de huesos de azúcar, comparte el mantel con el maíz de la milpa, mientras los pequeños montículos de sal blanca resguardan la pureza de las almas que se ríen ante la dulce quietud de las calaveras. No somos la pureza de la víspera ni la sumisión de la conquista; somos esa herida fecunda donde el polvo prehispánico y la fe virreinal se vuelven un solo suspiro, un banquete exquisito y abigarrado que sigue floreciendo, con un fulgor de oro viejo, para ganarle para siempre la partida al olvido.
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