Nada Personal
Hay épocas que levantan estatuas y otras que prefieren derribarlas. La nuestra parece haber elegido una tercera posibilidad, más sutil y acaso más peligrosa: dejar que el pedestal se oxide hasta que nadie recuerde por qué estuvo allí. Hemos comenzado a mirar con sospecha aquello que alguna vez llamamos grandeza. El sacrificio nos parece una extravagancia, la disciplina una forma de sometimiento, la renuncia una enfermedad y el deber una palabra perteneciente a un museo moral. El héroe, en consecuencia, se ha vuelto incómodo: demasiado grave para una civilización enamorada de la ligereza.
Gilles Lipovetsky comprendió antes que muchos el desplazamiento silencioso que convirtió al individuo moderno en soberano de sí mismo. La antigua arquitectura de obligaciones, jerarquías y trascendencias fue cediendo ante una existencia centrada en el bienestar, la elección y la realización personal. Hemos ganado libertades admirables, pero toda emancipación tiene un reverso. Cuando nadie nos ordena quién debemos ser, aparece una pregunta que ninguna aplicación puede responder: ¿para qué vale la pena vivir?
El problema no consiste en que hayamos dejado de creer en los héroes de bronce. El problema es que hemos comenzado a desconfiar de cualquiera que pretenda vivir por encima de la comodidad. Admiramos al vencedor mientras su triunfo pueda convertirse en espectáculo; celebramos al rebelde mientras su rebeldía pueda comercializarse; toleramos al idealista mientras no nos obligue a revisar nuestras propias renuncias. La época contemporánea posee una extraordinaria capacidad para domesticar aquello que amenaza su tranquilidad. Incluso la rebeldía puede terminar convertida en mercancía.
Nietzsche habría reconocido en esta criatura satisfecha, cuidadosamente protegida de todo vértigo, una figura inquietante: el hombre que ya no aspira a superarse porque ha confundido la ausencia de sufrimiento con la plenitud. El último hombre no necesita cadenas. Le basta con que todo sea suficientemente cómodo. No requiere un tirano cuando dispone de entretenimiento permanente, gratificaciones instantáneas y una infinita sucesión de pequeños deseos capaces de mantenerlo ocupado hasta la muerte.
Ortega y Gasset vio otro abismo: el hombre que recibe una civilización extraordinariamente compleja como quien recibe un regalo y, precisamente por desconocer el esfuerzo que la hizo posible, termina considerándola un derecho natural. Algo parecido ocurre con nosotros. Habitamos instituciones, libertades, conocimientos y conquistas que costaron generaciones enteras de sacrificio, pero contemplamos ese patrimonio como si hubiera brotado espontáneamente de la tierra. Hemos heredado la catedral y olvidado a quienes cargaron las piedras.
Quizá por eso nuestro tiempo siente cierta incomodidad frente a la grandeza. El hombre verdaderamente admirable no solamente obtiene algo: renuncia a otra cosa. El héroe no es quien carece de miedo, sino quien encuentra una razón suficientemente poderosa para caminar a través de él. Su existencia introduce una medida insoportable para quienes han hecho del confort una filosofía y de la conveniencia una brújula.
Dostoievski comprendió que el ser humano no puede vivir indefinidamente reducido al cálculo de sus beneficios. Hay en nosotros una región oscura que desea libertad incluso cuando esa libertad conduce al precipicio. Queremos ser felices, sí, pero también necesitamos que nuestra existencia signifique algo. El bienestar puede amueblar una vida; difícilmente puede conferirle sentido.
Por eso quizá no hemos dejado de necesitar héroes. Lo que hemos perdido es la capacidad de reconocerlos. Buscamos modelos sin imperfecciones, figuras sin contradicciones, vidas higiénicamente presentables. Pero la grandeza rara vez nace de seres impecables. Surge de quienes atraviesan sus propias ruinas y, aun así, encuentran una causa que merece más que ellos mismos.
Tal vez el verdadero escándalo de nuestro tiempo no sea la desaparición de los héroes, sino nuestra incapacidad para soportar aquello que representan: que una vida puede ser más grande que su comodidad, que existen deberes capaces de vencer al interés y que todavía hay algo por lo cual valdría la pena perderlo todo.
Porque cuando una civilización deja de admirar a quien está dispuesto a sacrificarse por algo que lo trasciende, comienza, lentamente, a quedarse sin horizonte. Y una sociedad sin horizonte puede tener todos los placeres del mundo, pero termina caminando en círculos, perfectamente satisfecha, hacia ninguna parte.




