Cohesión social
Toda existencia humana puede narrarse como una interminable sucesión de umbrales. Nacemos atravesando uno; amar consiste en franquear otro; la pérdida, el exilio, la enfermedad y la muerte no son sino puertas cuya arquitectura desconocemos hasta el instante mismo en que debemos cruzarlas. Resulta extraño que la filosofía haya dedicado bibliotecas enteras al tiempo y al ser, mientras ha prestado tan poca atención al acto silencioso de atravesar. Porque vivir, antes que permanecer, es pasar. Somos criaturas de tránsito. Habitamos más los pasajes que las habitaciones definitivas.
Los antiguos comprendían esta verdad con una claridad simbólica que el mundo contemporáneo ha ido perdiendo. Los romanos consagraron las puertas a Jano, el dios de las dos miradas, capaz de contemplar simultáneamente aquello que queda atrás y aquello que comienza. No existe metáfora más hermosa para la condición humana. Cada decisión importante exige esa doble visión: despedirse sin dejar de avanzar, recordar sin permanecer inmóvil. El umbral nunca pertenece por completo a ninguno de los dos mundos; es el territorio incómodo donde todavía no somos quienes seremos, pero ya hemos dejado de ser quienes éramos.
Quizá por ello las grandes iniciaciones de la historia estuvieron siempre acompañadas de rituales. En los antiguos misterios de Eleusis, en las ceremonias medievales de investidura o en los ritos de paso estudiados por los antropólogos, el individuo comprendía que toda transformación exigía atravesar una frontera visible para hacer posible una transformación invisible. La modernidad, en cambio, ha acelerado tanto la existencia que hemos comenzado a cruzar umbrales sin advertirlo. Terminamos una carrera, cambiamos de ciudad, dejamos de amar, envejecemos, y apenas si concedemos unos minutos al duelo de quien ya no volveremos a ser.
La literatura ha comprendido mejor que nadie esta geografía secreta. Franz Kafka imaginó a un hombre detenido frente a una puerta abierta durante toda su vida, incapaz de atravesarla; Dante Alighieri inició su viaje espiritual entrando en un bosque donde toda orientación había desaparecido. Ambos intuían que el verdadero obstáculo nunca se encuentra del otro lado de la puerta, sino dentro de quien vacila antes de cruzarla. El miedo rara vez consiste en ignorar lo que viene; consiste, sobre todo, en aceptar que el regreso ya no será posible.
Quizá esa sea la sabiduría más discreta que la filosofía puede ofrecer a nuestro tiempo. No existen vidas plenamente seguras porque no existen casas definitivas. Toda identidad es provisional, toda certeza es transitoria y todo destino comienza con un paso que todavía ignora su desenlace. Vivir con dignidad acaso signifique aprender el arte de permanecer unos instantes sobre el umbral, agradecer aquello que nos condujo hasta él y, finalmente, cruzarlo sin exigir al porvenir la promesa imposible de que jamás volveremos a sentir miedo. Porque toda puerta importante se abre únicamente hacia adelante.




