Notas para un lector improbable
“Lilia” se quedó a bordo de un auto sedán cuando su esposo hizo un alto para realizar una compra en una papelería, en menos de un minuto un delincuente la encañonó con un arma de fuego para robarle el auto, privándola de la libertad.
Cuando el esposo salió del establecimiento comercial, ya no se encontraba el automóvil ni su esposa; ella fue víctima de un secuestro exprés para despojarlos del auto.
El ladrón le apuntaba con el arma con amenazas de no pedir auxilio, mientras conducía el auto robado, para posteriormente abandonarla en un terreno baldío en una zona despoblada, luego de despojarla de su teléfono celular y el poco dinero de portaba.
En shock, en crisis nerviosa, la mujer pidió apoyo a personas que transitaban por el lugar y nadie la auxilio, y fue en una tienda donde un joven le ofreció su celular para que se comunicara con su familia que estaba en su búsqueda.
En un primer contacto con una patrulla de la policía, sus familiares reportaron el robo y el secuestro, pero los patrulleros les respondieron que no era su zona de vigilancia.
Y cuando acudieron a otros policías, éstos, en lugar de activar la búsqueda, empezaron a interrogar al esposo con la afirmación de que “seguro habían discutido y por ello había desaparecido la mujer con todo y el auto”.
Esta escena, como cientos más, la vive la población víctima de la delincuencia que comete robos con violencia y otro tipo de ilícito que obedece a una realidad lacerante de un entorno de inseguridad pública en ciudades como la capital del estado.
Esta realidad cotidiana que se suma a robos a cuentahabientes, a los asaltos en el transporte público, a transeúntes, en restaurantes o el atraco a las autopartes en vía pública y en estacionamientos en centros comerciales.
Son limitadas o no son efectivas las acciones de las estrategias preventivas de los delitos o la persecución de los delincuentes, porque los índices delictivos no disminuyen, o por lo menos la realidad no coincide el optimismo de los gobiernos que presumen bajaron los delitos.
Esta realidad, que no percepción, tiene a 17 ciudades de los estados del país en el ranking de las 50 ciudades en el mundo, con mayores índices delictivos.
El jueves 12 de febrero dos hombres dedicados a la venta de aguacate muertos y una mujer con heridas de bala fueron hallados dentro de su camioneta, en el municipio de Tochimilco.
Mientras en el mercado Morelos, al nororiente del estado, peritos indagaban el hallazgo de restos humanos en una fosa clandestina, en un lugar donde siguen operando bandas delictivas que sobreviven porque no han sido suficientes las acciones policiales para detenerlos.
En este contexto, México se posicionó como el país con más ciudades en el ranking de las 50 urbes más violentas del mundo de 2025, con 17 ciudades incluidas en el listado, de acuerdo con el informe de la organización Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal.
El reporte anual, elaborado en conjunto por el CCSPJP, la Comisión Mexicana de Derechos Humanos (CMDH) y Misión Rescate México, indica que 44 de las 50 ciudades más violentas se encuentran en América, mientras que el resto se ubican en África.
El informe subraya que, si bien México mantiene el mayor número de urbes dentro de la lista global, este año solo dos ciudades mexicanas permanecen en el top 10, hecho que no se observaba desde 2013.
De acuerdo con el documento presentado por el CCSPJP, las siguientes 17 ciudades mexicanas figuran en el ranking mundial de 2025:
Culiacán, Sinaloa (6° lugar mundial, 103 mil 91 homicidios por cada 100 mil habitantes); Ciudad Obregón, Sonora (9°, 90 mil 81); Manzanillo, Colima (11°); Zamora, Michoacán; (12°); Colima, Colima (13°); Acapulco de Juárez, Guerrero (14°); Irapuato, Guanajuato (16°); Juárez, Chihuahua (17°); Tijuana, Baja California (18°); Celaya, Guanajuato (20°); Cuernavaca, Morelos (23°); Uruapan, Michoacán (27°); Chilpancingo de los Bravo, Guerrero (37°); Centro, Tabasco (39°); Chihuahua, Chihuahua (40°); Hermosillo, Sonora (46°) y León, Guanajuato (50°).
Aunque la mayoría de estas urbes presentan tasas de homicidios menores que en años previos, no se puede confirmar una reducción real de la violencia letal.