Itinerario Político
La escuela debería ser uno de los lugares más seguros para niñas, niños y adolescentes. Es el espacio donde aprenden, conviven, construyen amistades y comienzan a desarrollar las herramientas que necesitarán para enfrentar la vida. Sin embargo, en México la violencia también ha llegado a las aulas, a los patios escolares y, ahora, a las pantallas.
Golpes, amenazas, insultos, humillaciones, discriminación, acoso sexual, peleas, intimidación y bullying forman parte de una realidad que no podemos normalizar. A ello se suma una nueva dimensión: el ciberacoso, que puede continuar fuera de la escuela y alcanzar a una víctima las 24 horas del día. En 2024, 2.9 millones de personas de entre 12 y 17 años reportaron haber experimentado ciberacoso en México. Pero ¿por qué está aumentando o, al menos, por qué parece estar cada vez más presente? La respuesta no puede reducirse a que “los jóvenes son más violentos”. La violencia escolar es consecuencia de múltiples factores. La propia Secretaría de Educación Pública ha identificado entre ellos el entorno familiar, escolar y comunitario, la inadecuada gestión de la convivencia, la exposición a contenidos violentos y la falta de comunicación asertiva.
A esto debemos agregar un contexto social que tampoco puede ignorarse: desigualdad, pobreza, discriminación, violencia familiar, debilitamiento de redes de protección y, en algunas regiones, presencia del crimen organizado. UNICEF advierte que estos factores estructurales incrementan los riesgos para niñas, niños y adolescentes. Existe además una realidad que muchas veces preferimos no mirar: algunos niños y adolescentes llegan a la escuela cargando problemas que comenzaron en casa. Un menor que aprende que los golpes son una forma de disciplina, que los gritos sustituyen al diálogo o que humillar al más débil otorga poder, puede reproducir esos patrones con sus compañeros.
La violencia también puede surgir de la necesidad de pertenecer. En determinados grupos, intimidar, exhibir o agredir puede convertirse en una manera de obtener reconocimiento. Las redes sociales amplifican el problema: una burla que antes quedaba en el salón puede convertirse en un video, un meme o una publicación que alcanza a cientos de personas. Y existe otro elemento preocupante: la falta de detección oportuna. No toda agresión comienza con un golpe. Puede iniciar con un apodo, una exclusión, una amenaza, un rumor o una publicación en redes. Cuando adultos y autoridades lo consideran “cosas de niños”, el problema puede crecer hasta convertirse en una situación de mayor gravedad.
La violencia escolar tampoco proviene exclusivamente de los estudiantes. UNICEF reconoce agresiones entre compañeros, pero también maltrato de docentes hacia alumnos y fallas institucionales cuando no se construyen ambientes seguros. Por eso, enfrentarla exige mucho más que aumentar vigilancia o colocar cámaras. Se necesitan protocolos que realmente funcionen, docentes capacitados para identificar señales de alerta, atención psicológica accesible, participación de las familias, educación socioemocional y mecanismos seguros para denunciar. La escuela no puede convertirse en una extensión de la violencia que existe afuera. Pero tampoco puede resolver por sí sola un problema que pertenece a toda la sociedad.
En conclusión, la violencia escolar no apareció de repente ni tiene una sola explicación. Es el reflejo de problemas familiares, sociales, culturales, institucionales y digitales que terminan encontrándose dentro de las aulas. Prevenirla significa dejar de actuar únicamente cuando ocurre una tragedia y comenzar a intervenir cuando aparecen las primeras señales. Una escuela segura no es aquella donde nunca existe un conflicto; es aquella que tiene la capacidad de detectarlo, atenderlo y evitar que se convierta en violencia. Proteger a nuestros estudiantes no es solamente una obligación de las autoridades educativas. Es una responsabilidad compartida entre familias, docentes, instituciones y sociedad. Porque cuando un niño tiene miedo de ir a la escuela, algo estamos haciendo mal.
“Educar también significa proteger”
Correo: [email protected]
Facebook: Elena Lezama Coutiño